Internacional
Mientras el acuerdo con Pekín produce obispos sin sobresaltos, el régimen prohíbe que los niños entren en las iglesias

Ocho años del acuerdo con Pekín
La consagración de monseñor Paul Liu Honggang para Datong el 31 de agosto confirma que el mecanismo de nombramientos de 2018 funciona en lo técnico.
El Vaticano anunció el pasado lunes el último nombre de una lista cada vez más larga de obispos seleccionados e instalados conforme a las normas del acuerdo firmado en 2018 con el Gobierno chino sobre los nombramientos episcopales. Monseñor Paul Liu Honggang fue consagrado el 31 de agosto e instalado como nuevo titular de la diócesis de Datong, una sede que llevaba más de tres cuartos de siglo sin contar con un pastor públicamente reconocido.
Liu es el más reciente de una fila cada vez más larga de nombramientos episcopales relativamente fluidos para la China continental desde la elección del papa León XIV el año pasado. Durante años el procedimiento fue puramente disfuncional: las autoridades del continente elegían e instalaban obispos sin consultar al Vaticano, y en ocasiones sin darle siquiera aviso previo de lo que iban a hacer. Frente a aquello, el acuerdo alcanzado en 2018 entre la Santa Sede y Pekín parece estar funcionando ahora, al menos en el plano técnico.
Un mecanismo engrasado
Los candidatos se seleccionan internamente a través de la Asociación Patriótica Católica China, que está patrocinada por el Estado; una vez elegidos, se someten a Roma para su aprobación, y finalmente se instalan y se anuncian conforme a un calendario coordinado entre Pekín y el Vaticano. El propio Liu, que es miembro y partidario bien conocido de la Asociación Patriótica, responde cada vez más al perfil que va conformando la nueva promoción episcopal del continente, aunque algunos de los nombramientos realizados han supuesto también la aceptación de figuras procedentes de lo que en China se sigue llamando comúnmente la Iglesia clandestina.
Pero si el proceso de nombramientos parece marchar sin fricciones, fuentes eclesiásticas tanto de China como de Roma advierten de que las tensiones persisten entre el Estado y los católicos, y de que afectan por igual a los laicos, al clero y a algunos obispos. Ambas partes, además, parecen confiar en imponerse finalmente a la otra en un largo juego de espera. A la vista de la próxima renovación del acuerdo, prevista para el año 2028, la pregunta que se abre paso es si esas tensiones podrán contenerse dentro de la Iglesia china a medio plazo, o si lo que se está gestando es, inevitablemente, un nuevo cisma.
Sin aviso previo y con el mapa diocesano en juego
Bajo la recién estrenada fluidez de los nombramientos laten varias tensiones estructurales entre Roma y Pekín, y algunas de ellas son de procedimiento. Las autoridades chinas insisten, por ejemplo, en que no se dé ningún aviso público previo de nada: ni de la selección de los candidatos ni de la fecha y el lugar en que van a ser instalados. La razón de esa exigencia, según fuentes romanas familiarizadas con los términos del acuerdo de 2018, es que el Gobierno chino no quiere que las instalaciones episcopales se conviertan en acontecimiento o concentración pública de ningún tipo, ya sea positiva o negativa. Al mismo tiempo, cada publicación de un nombramiento por parte de Roma que llega el mismo día de la instalación alimenta la especulación sobre cuál es el nivel real de influencia del Vaticano en el proceso, y subraya hasta qué punto resulta anómalo todo el arreglo alcanzado con China.
Hay indicios, además, de que el Vaticano está dispuesto a ceder también en otra exigencia del Gobierno chino: la de redibujar sustancialmente el mapa diocesano de todo el continente para ajustarlo a los límites provinciales y municipales del país. El deseo no resulta en sí mismo irrazonable, porque en casi todos los demás países las circunscripciones diocesanas reflejan efectivamente las jurisdicciones civiles. Pero, aplicado a este caso, representa una acomodación estructural enorme por parte de la Iglesia, y no parece que a cambio de ella se esté ofreciendo gran cosa en particular.
Si esos son los problemas estructurales y de procedimiento que arrastra el statu quo, por el momento parecen estar manejándose razonablemente bien. Donde de verdad se está acumulando la tensión es en la realidad que se vive sobre el terreno.
Prohibido que los niños entren en las iglesias
Justo cuando el Vaticano y las autoridades comunistas parecen haber alcanzado un acomodo practicable en lo relativo al nombramiento de obispos, los católicos de toda China describen una aplicación cada vez más estricta de las normas que regulan la práctica religiosa, junto a unas restricciones cada vez más asfixiantes sobre la posesión y la difusión de materiales religiosos, tanto en papel como a través de internet.
En particular, católicos de distintos puntos de China aseguran que en unas regiones y en otras se están haciendo cumplir con rigor las reglas comunistas que prohíben que los niños entren en las iglesias o que reciban ningún tipo de instrucción religiosa formal. «No es solo aquí y allá, donde algún funcionario local quiere hacerse notar o que le vean cumplir con celo su trabajo», explicó un clérigo del continente. «Es en todas partes, es a la vez política y prioridad, eso está claro».
Pero ese mismo clérigo y otros del continente sostienen que la campaña está alimentando, a su vez, una práctica amplia y creciente del catolicismo clandestino. «Si uno considera las reglas reales, no están pensadas para crear una estabilidad para la Iglesia», afirmó un sacerdote del continente. «El propósito es estrangular. Se permiten algunas cosas, así que la impresión básica es de tolerancia, pero la garra aprieta y aprieta».
Esa misma sensación de aumento progresivo de la presión sobre la fe y la práctica católicas se ha venido registrando también recientemente en Hong Kong, donde el clero del territorio describe igualmente una represión de carácter táctico que está orientada a lograr, en el fondo, la supresión estratégica de toda la práctica religiosa.
«Es un pacto político entre diplomáticos vaticanos y comunistas»
Para algunos clérigos chinos de peso, y muy en especial para aquellos que nunca han apoyado el acuerdo entre la Santa Sede y Pekín, esta tendencia demuestra que la Iglesia clandestina sigue haciendo falta y que la seguirá haciendo. «Nunca desapareció», afirmó un clérigo clandestino. «Es un pacto político entre diplomáticos vaticanos y comunistas. La visión caritativa es que quizá tenga utilidades políticas, pero en la práctica no ha abierto ni un centímetro para la evangelización».
Incluso entre aquellos clérigos que se mueven habitualmente entre los obispos reconocidos por la Asociación Patriótica y las iglesias oficiales, la opinión común es que ambas partes, tanto Roma como Pekín, entienden perfectamente que la situación actual resulta insostenible a largo plazo. «A medida que aumente la presión, el terreno intermedio que este acuerdo pretendía crear desaparecerá. Ahora mismo hay sitio suficiente para obispos y sacerdotes de ambos lados, y para algunos que viven propiamente en los dos mundos, el oficial y el clandestino», señaló un clérigo veterano del continente. «Pero no durará. No puede durar muchos años más a este ritmo».
Preguntados por si el resultado final sería un nuevo cisma entre las Iglesias y los obispos oficiales y los clandestinos, los clérigos respondieron que, «salvo que cambie algo que va mucho más allá del acuerdo, es inevitable».
«La expectativa, por parte de las autoridades chinas, es que esa zona gris y esa mezcla de comunidades católicas autorizadas y no autorizadas constituyan básicamente una oportunidad de recogida de información. La Iglesia clandestina no puede ser borrada ni puede ser controlada, pero de esta manera resulta más fácil mantenerla vigilada, al menos por el momento».
En Roma: realismo, resignación y esperanza
En Roma, entretanto, el ánimo que se respira en los círculos diplomáticos vaticanos parece una mezcla de realismo, resignación y esperanza. Una fuente próxima a la Secretaría de Estado aseguró que la Santa Sede «no ignora» el deterioro de la situación en China, pero reconoció al mismo tiempo que no existe allí una idea clara sobre cuál sería el camino que habría que seguir a partir de ahora.
«Las cosas son como son», afirmó esa misma fuente. «Hay pocas expectativas de que se produzca un cambio por parte del Gobierno en su forma actual. Pero tenemos que considerar el horizonte lejano. El mundo cambia siempre y China también cambia, quizá despacio. Por el momento, el hecho importante es que la Iglesia en China está viva».
El clérigo veterano del continente antes citado ofreció, por su parte, una lectura distinta de esa misma perspectiva vaticana. «Creo que el Vaticano espera que las cosas puedan sobrevivir tal como están, más o menos, hasta el final de la era de Xi Jinping, y entonces dejar que todo el acuerdo caduque o reevaluarlo a la luz de lo que venga después. Las alternativas, retirarse de inmediato o redoblar la cooperación, son aún más peligrosas. La primera pone en riesgo la libertad, incluso la vida, de los católicos de ahora. La segunda es la muerte efectiva de una Iglesia evangelizadora con alguna credibilidad durante generaciones».
«El problema real», añadió el clérigo, «es que los jóvenes católicos viven en el filo de esta realidad y ven una diferencia entre figuras como el obispo Shen Bin, de Shanghái, y el cardenal Stephen Chow, de Hong Kong, por un lado, y obispos como el cardenal Zen, por otro. Tienen una idea de quién está de su lado, pero cada vez más también de qué lado está Roma».
Una apuesta a sobrevivir al otro
Tanto en Roma como en China se acepta cada vez con mayor franqueza que el actual acuerdo entre la Santa Sede y Pekín no constituye un camino hacia ningún destino concreto, sino más bien un compás de espera pactado de mutuo acuerdo mientras las tensiones no dejan de aumentar.
Por el momento, cada una de las partes parece estar apostando por ser capaz de sobrevivir a la otra: una avanza lentamente para ir ahogando a la Iglesia, y la otra aguarda a que llegue un cambio de régimen. Lo que ninguna de las dos quiere ver, en particular, es que se acabe forzando un punto de crisis. Cuánto está dispuesta a ceder cada una de ellas con tal de evitarlo es algo que está todavía por ver.
Fuente: Infocatolica