Historia
Ubaté y la historia del Santo Cristo, que al sudar se transfiguró

Foto del Santo Cristo por Leonardo Calvo O.
La Basílica Menor del Santo Cristo (oficialmente Basílica Menor del Divino Salvador, del Santo Cristo y San Diego de Ubaté) en Ubaté, Cundinamarca, Colombia, es uno de los templos más impresionantes y visitados del departamento. Conocida como la «joya arquitectónica» del Valle de Ubaté, atrae a miles de peregrinos y turistas por su majestuosa construcción gótica y, sobre todo, por la devoción al milagroso Santo Cristo de Ubaté, imagen que ha sido protagonista de prodigios desde el siglo XVII.
La fundación de Ubaté se da el 12 de abril de 1592 por el oidor Bernardo de Albornoz.. Para 1761, el curato de Ubaté
ostentaba categoría de primer orden, contando con 700 indios y 1000 blancos y mestizos.
En 1836, es erigida como parroquia bajo la tutela de la Orden Franciscana, que estuvo al frente de la misma hasta 1897. El liderazgo de la Villa de San Diego de Ubaté fue tan marcado, que en 1866 fue creado del denominado Departamento de Ubaté, que comprendía los municipios de Carupa, Fúquene, Paime, Simijaca, Susa, Tausa, Sutatausa y Ubaté como capital. Para 1876, el departamento amplió su territorio hacia la región de Almeidas.
Un Cristo que no inspiró devoción sino rechazo
Establecido el pueblo de indios en la naciente Ubate o Ebaté y construida la iglesia sobre el año 1600 por orden del oidor Luis Enríquez, los sacerdotes que regentaban este pueblo de Dios, pensaron en mandar esculpir una imagen de Jesús Crucificado, que presidiera las celebraciones litúrgicas de aquel poblado. Contratan para tal oficio a don Diego de Tapia quien era platero de profesión, personaje que se destacó por su habilidad en la fabricación de joyas en plata, pero que no era ni mucho menos escultor. Con algunos materiales propios de la época, modeló la imagen solicitada por la Orden de Frailes Menores.
El resultado no fue el esperado. Una imagen del tamaño de un hombre de buena estatura, pero muy tosca, desproporcionada, que ni siquiera tenía las señales propias de las heridas, llagas, cardenales, ni azote alguno que recordara la noche de su dolorosa pasión. En pocas palabras, y como lo refieren los cronistas, se trataba de una imagen que, más que devoción, despertó desprecio. Los frailes no sabían qué hacer con esa imagen tan fea y la movían de un lado a otro, sin hallar sitio fijo. Finalmente, la imagen terminó en una pared cerca del altar mayor, donde no fuera tan perceptible su fealdad.
Lo iban a quemar, pero… ¡misteriosamente se renovó! Era entonces el año 1639. Los sacerdotes que debían procurar
la correcta devoción hacia las imágenes sagradas, deciden deshacerse de tan malograda imagen, para lo cual debían
echarla al fuego, propósito que por fortuna no lograron llevar a cabo.
En diciembre de ese mismo año, se contratan unas labores de dorado (hojillado) del retablo del altar mayor, por lo que tres sencillos oficiales de obra entran al templo con todos sus utensilios y herramientas, pero con el propósito de orar antes de iniciar sus trabajos.
Uno de ellos, fijó su mirada en el Cristo y con asombro se dio cuenta que la imagen sudaba en el pecho, el rostro y los
codos. En medio del susto llamó a los otros dos compañeros, que de igual manera quedaron estupefactos. Dieron cuenta a los dos frailes que estaban en el lugar fray Francisco Verganzo y fray Martín Blazo. De inmediato trajeron algunos lienzos sagrados para limpiar con cuidado el sudor y en ese momento surge el milagro: a medida que retiraban el sudor, la imagen se iba perfeccionando de una manera increíble.
El Santo Cristo verdaderamente Milagroso
La renovación paulatina de la imagen del Santo Cristo y la aparición de sus llagas, no fue el único milagro. Después de estos hechos y ante la multitud de devotos que empiezan a llegar al templo, se empiezan a obrar grandes milagros y favores, que incluso la historia registra.
Un señor de nombre Mateo Gómez, por aquel entonces se hallaba comiendo en casa del corregidor. De repente, entró
una mujer joven para alertarlo, ya que la imagen del Santo Cristo se había caído del sitio en que se hallaba.
Presurosos salen corriendo hacia la iglesia, y se encuentran con un espectáculo que no podían creer. La imagen del Santo Cristo en efecto se había caído, pero permanecía flotando boca abajo, suspendida en el aire sin que se sujetara de nada. De inmediato y con especial reverencia, Mateo lo sujeta con un lienzo entre sus brazos y lo restituye en su lugar.
En otra ocasión, una sequía muy fuerte azotó al territorio de Ubaté. Los devotos se reunieron para hacer una rogativa y deciden sacar por primera vez la imagen del Santo Cristo del templo en procesión para implorar su ayuda. Sin embargo, tal propósito no se pudo cumplir, ya que de la nada cayó un aguacero tan torrencial por este territorio, que bastó para fecundar la tierra por un año completo con grandes y provechosas cosechas.

foto by Leonardo Calvo O.
Un templo digno del Santo Cristo
Luego de la milagrosa renovación de la imagen del Santo Cristo en 1639, los fieles devotos deciden construirle una
hermosa capilla donde le colocaron solemnemente para ser venerado por quienes acudía a visitarle. Casi tres siglos después y gracias al fervor tan significativo que la imagen despertó y ante los miles de promeseros y peregrinos que acudían al lugar, se decide la construcción de un nuevo templo
En 1927 se coloca y bendice la primera piedra e inicia la construcción que duró 11 años. En 1939 con la llegada de los
vitrales fabricados en Bruselas (Bélgica), el templo quedó totalmente terminado.
Una de las tradiciones marcadas de la Villa de San Diego de Ubaté, es la de los promeseros, que datan de 1923. Miles de peregrinos, procedentes de Boyacá, Santander y Cundinamarca, acuden a la basílica, especialmente en los días
cercanos a su fiesta (6 de agosto) para presentar al Santo Cristo sus peticiones, ruegos y súplicas.
Era habitual que llegaran con sus tiples y guitarras cantando en honor al Santo Cristo, mientras recorrían las calles que conducen a la Basílica. Esta es una tradición que aún subsiste y se realiza en los primeros días de agosto, como antesala de las fiestas patronales.
Elevada a la categoría de Basílica menor el 6 de agosto de 1992, tiene lugar la ceremonia de consagración de la nueva
Basílica, de manos del señor Nuncio Apostólico en Colombia, monseñor Paolo Romeo.


Santa Bárbara
En las cercanías en una pequeña montaña que se ve desde la ciudad apreciamos una pequeña capilla conocida como Iglesia de Santa Barbara ( Villa de San Diego de Ubaté) construida según se recuerda como agradecimiento de quien por allí moraba y fuera salvado milagrosamente, pues era antirreligioso y de ideas paganas y ateas recalcitrantes, Un día se levanto de la cama donde dormía para ir al baño donde sorpresivamente escuchó un estruendo que era ni más ni menos que un rayo que cayo sobre su cama.
En las cercanías notable es el Cedro de Zipaquirá: donde la fe echó raíces y el arte se hizo oración profunda
Entre la sombra del Libertador, la inspiración de los Misioneros Claretianos y la generosidad de dos mujeres visionarias nació un santuario que aún hoy resplandece con luz propia.
A comienzos del siglo XX, cuando Zipaquirá olía a tierra húmeda y, sobre todo, a sal —esa que el viento llevaba en su
regazo por toda la Sabana—, la Villa se cubría del humo blancuzco o gris claro que emergía de los buitrones de los
hornos de sal. Era la Zipaquirá ahumada (Villa-Ahumada) que, en esos años, evocaría Pedro Gómez Corena en su obra Cizaña (1921). En medio de ese paisaje mineral y espiritual, una comunidad de sacerdotes misioneros llegó desde lejos con un propósito que trascendía la piedra y el tiempo: los Hijos del Inmaculado Corazón de María, conocidos como Misioneros Claretianos.

Capilla de Santa Bárbara en Ubaté Fotos tomadas por Leonardo Calvo O.
