En julio de 1989, Francia celebraba con un fasto sin precedentes el segundo centenario de la Revolución. Mientras las academias entonaban el himno a la libertad, la igualdad y la fraternidad, un puñado de historiadores disidentes recordaba una verdad incómoda: que aquellos mismos principios habían servido para arrasar una región entera pocos años después de proclamarse. La región se llamaba la Vendée. A sus habitantes se les llamó «bandidos».
Ese apodo despectivo da título al libro que Bibliotheca Homo Legens acaba de reeditar por quinta vez: Una familia de bandidos en 1793, las memorias de Marie de Sainte-Hèrmine, una mujer que tenía dieciséis años cuando la Convención lanzó cinco ejércitos —ciento veinte mil hombres— contra las provincias del oeste francés. No es un ensayo ni una reconstrucción académica. Es el relato en primera persona de quien lo vio con sus propios ojos y sobrevivió para contárselo a sus nietos.
Una guerra que empezó por los curas
El origen del alzamiento desmonta el mito de una revuelta nobiliaria y reaccionaria. Los campesinos del Bocage habían acogido la Revolución de 1789 sin especial recelo; incluso participaron en la compra de bienes eclesiásticos incautados. La ruptura llegó en 1791, cuando la Constitución Civil del Clero —condenada por la Santa Sede— obligó a los sacerdotes a someterse a una iglesia verdaderamente cismática y expulsó de sus parroquias a los que se negaron. Los aldeanos respondieron escondiendo a «sus curas», que seguían oficiando en bosques y graneros.
La chispa definitiva fue la conscripción obligatoria de 1793. Una cosa era tolerar en silencio las ideas anticristianas; otra muy distinta, dar la propia sangre por el régimen que perseguía a sus sacerdotes y había guillotinado a su rey. Sin jefes, sin experiencia militar, sin organización, los campesinos se levantaron. Y encontraron su caudillo no en un aristócrata ávido de privilegios, sino en un buhonero, Jacques Cathelineau, al que llamarían «el santo de Anjou».
«Destruid la Vendée»
Contra todo pronóstico, los sublevados vencieron muchas batallas. Tomaron Saumur y Angers. En la Convención estalló la furia: «¡Destruid la Vendée!», exclamó Bertrand Barère. Lo que siguió no fue una represión, sino un plan de exterminio. Tras la aniquilación del ejército católico y real en Savenay, el general Westermann escribió a París una frase que resume la empresa: no le quedaba «un solo prisionero que reprocharme, los he exterminado a todos».
En Nantes, Jean-Baptiste Carrier ahogó a diez mil civiles en el Loira. Las «columnas infernales» de Turreau incendiaron aldeas enteras, arrasaron cosechas y masacraron a poblaciones que ya no representaban amenaza militar alguna. El balance, según el historiador Reynald Secher —cuya tesis doctoral en la Sorbona popularizó el término «genocidio franco-francés»—: ciento setenta mil muertos y la destrucción del veinte por ciento de los edificios de la región. Después vino la segunda muerte, la del olvido: los manuales de bachillerato despacharon el episodio, cuando lo mencionaban, en un párrafo.
El testimonio de una superviviente
Frente a esa tumba sin lápida, el libro de Sainte-Hèrmine opone la memoria concreta de una familia, los Serant, y de sus campesinos. Lo asombroso del relato no es solo el heroísmo, sino la ausencia de odio. Una fe sin aspavientos preside cada página y les prohíbe aborrecer a quienes los masacran. La narradora cierra sus cuadernos con una sentencia dirigida a sus nietos que condensa todo el libro: «sólo existe una desgracia irreparable: traicionar al deber y perder el alma».
Prologada por Carlos Esteban y con epílogo de Alberto Bárcena, la obra se lee con la tensión de una novela de aventuras y la gravedad de saber que todo ocurrió. Como escribe Esteban en el prólogo, si es cierto que para un católico la historia es una sucesión de derrotas, también lo es que Cristo es el Señor de la historia y ya ha vencido al mundo.
Novedad de la quinta edición: mapas y cronología
La principal novedad de esta quinta edición es un aparato que transforma la lectura. La obra incorpora ahora una cronología general de la Revolución francesa —del regicidio de enero de 1793 a la batalla decisiva de Cholet en octubre— que sitúa cada escena del relato en su contexto exacto. Y suma mapas de la región y de la campaña de Galerna, la fase más trágica de la guerra, con las principales batallas y las derrotas que marcaron el colapso del ejército católico y real. El lector deja de perderse entre nombres de generales y localidades: puede seguir, sobre el mapa y sobre el calendario, cómo se consumó la catástrofe.
A ello se añade un elenco de personajes principales —de la familia Serant a los jefes de ambos ejércitos— que funciona como guía permanente. Es la edición más completa y legible de un texto que llevaba desde 2018 conquistando lectores en España.
Fuente: Infovaticana


