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«La acción profunda en los corazones» (PCO)

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La belleza salvará a la Iglesia
Sermón sobre la Transfiguración del Señor
San Francisco, California, 1/3/2026
“Hagamos tres carpas…”

En la lejana Navidad de 1886, un gran poeta francés, Paul Claudel, se encontraba en la famosa Catedral de París, Notre Dame, cuando se disponían a cantar las vísperas.
Al momento de entonar el Magníficat, el canto que Nuestra Señora compuso para cantar frente a su prima santa Isabel, Paul Claudel cayó de rodillas y terminó convertido al catolicismo.
Esa belleza, fruto de siglos de historia de la Iglesia, no podía venir sino de Dios.

Es eso mismo, esa misma belleza, esa misma fascinación que nos causa lo bello, lo que hizo suspirar probablemente a San Pedro mientras decía en el pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar: “¡Qué bien que estamos aquí!¡Hagamos tres carpas!”
Es que la belleza de aquí abajo nos permite vislumbrar la belleza del Cielo.
Fue por todo esto que, aunque Nuestro Señor rechazó una vida confortable mientras estuvo en esta tierra: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20), decía, no rechazó el nardo y el perfume que la mujer pecadora derramó sobre sus pies, antes de Su sepultura.
Porque “el más bello de los hombres” (Ps 44), sabía que la belleza encanta, la belleza atrae, la belleza convierte.
Porque es una verdad sabida aunque pocas veces repetida esa de que siendo almas y cuerpos, como somos, no hay nada en el intelecto que no haya pasado antes por los sentidos.
Y es a esa belleza, especialmente referida al culto, a la que quería referirme.
“Hagamos entonces tres carpas”, le dijo San Pedro al Señor.
Porque es así nomás: La belleza del rito hace que nos elevemos del mundanal ruido.
Es el humo del incienso el que, al subir, nos hace pensar que nuestras oraciones se elevan también al Cielo.
¿Pero qué tipo de belleza? ¿la que apasiona? ¿la que simplemente seduce? ¿la efímera? No; aquella que traspasa los muros de la historia y permanece firme ante el correr de los años.
La belleza que intenta llegar al fondo de las esencias, la del arte que, al decir de Aristóteles, “imita la naturaleza”; esa naturaleza que nos sorprende, que nos supera, que nos hipnotiza. Como encanta el mar, como petrifica el fuego, como paraliza la inmensidad de una alta cordillera.
Si todo eso es así: ¿cómo será de bello el creador?
Por eso uno debe, por un lado, buscar esa belleza en lo sagrado, buscarlo en sus ritos, mantenerlo en la tradición para las próximas generaciones, trasladando la llama, no adorando las cenizas…
Leí una vez en algún lado, esta anécdota.
Cierta vez un hombre estaba visitando las lejanas tierras del altiplano boliviano. Al llegar a una paupérrima casa, se encontró con una mujer muy pobre.
-Buenos días, señora. ¿Vive Ud. por aquí?
-Sí, nacida y criada, como todos mis antepasados.
-¿Y qué es lo más hermoso de este lugar?
-¿Quiere ver lo más hermoso? Pues yo lo llevo.

Caminaron unos 500 metros; llegaron hasta una prolija cabaña de madera, impecable, en el medio de la nada. La señora sacó una antigua llave de hierro y abrió la puerta.
Adentro, como conservada desde el siglo XVII, había una capilla completamente adornada por pinturas cuzqueñas y esculturas antiguas con láminas de oro. Era la capilla de un poblado que no pasaba de tener más de 70 habitantes.
-Esta es nuestra riqueza -dijo la mujer. El sacerdote viene apenas una vez al año, pero aquí venimos a descansar y a contarles nuestras cuitas al buen Dios. Este es el tesoro de nuestro pueblo, porque para Dios, siempre lo mejor.
El hombre quedó pensativo…, no sabía qué responder…
Es que la belleza de aquí abajo, nos hace pensar en la belleza de arriba.
Quizás por eso dijo Dostoievski que “la belleza salvará al mundo”. No sólo al mundo, no sólo al mundo, sino también a la Iglesia.
Y es por esto que siempre la nuestra religión, desde tiempos de las catacumbas, intentó elevar nuestras almas por medio de la pintura, de la escultura, de la hermosura. Haciendo templos hermosos para Dios que no fuesen solo “funcionales”, sino, sobre todo, bellos.
Es esto lo que hace, entre otras cosas, que los ortodoxos, cismáticos y separados de la Santa Iglesia, mantengan su fe a pesar de su poca teología por medio de la belleza del rito, de la belleza del canto, de la belleza del ícono.
Pero Roma también tiene belleza. Porque Roma ha sido custodio de la hermosura durante siglos.
Y es esa misma hermosura que convierte la que debe ser buscada no por mero esteticismo, por vano esnobismo, sino por el mismo Dios, acercándonos a lo bello y apartándonos de lo vulgar y grotesco.
Es por esto –con perdón de la digresión– que tanto mal se hace cuando en la liturgia no se siguen las rúbricas, se violan las normas, se improvisa o se aggiorna lo sagrado, haciendo de la Santa Misa un carnaval o una comparsa decadente más digna de un estadio que de un templo. Si a eso se le suma una predicación vana, estúpida o insulsa, la suerte está echada y cualquier católico con mediano sentido común comenzará a dudar de si allí está o no el Señor.
Se cuenta en las Florecillas de San Francisco de Asís, que
“Viviendo aún el santo en Santa María de la Porciúncula, iba algunas veces por las iglesias cercanas de la ciudad anunciando y predicando a los hombres que hiciesen penitencia, llevando consigo una escoba.
¿Una escoba?
Sí; una escoba para barrer las iglesias; porque se dolía mucho San Francisco, si al entrar en algún templo, lo veía poco limpio.
Entonces, cuando predicaba al pueblo, terminado el sermón hacía reunir a los sacerdotes que allí estaban (para que no lo oyesen los laicos), y les predicaba de la salvación de sus almas, y principalmente que tuviesen cuidado en conservar limpias las iglesias, altares y todas las cosas que se emplean para celebrar los divinos misterios”.
Esto hacía el pobre y simple Francisco de Asís… Para cuidar la belleza del templo.
Y como es la belleza la que puede convertir al hombre, la Iglesia, Esposa de Cristo, nunca negó la necesidad de embellecer el culto mientras se pueda; como tampoco negó la posibilidad de vender los mismos cálices cuando una necesidad urgente lo reclama.
Porque para Dios siempre es lo mejor.
Los hombres de Iglesia deben vivir austera y pobremente, a ejemplo de Cristo, pero las cosas que son para Dios deben ser las mejores posibles, no las peores, viendo a Quién se ofrece, y Qué se ofrece: porque la belleza de aquí abajo nos permite anhelar la belleza de arriba diciendo: “hagamos tres carpas”.
Pero sucede a menudo lo contrario y así, muchas veces, quienes critican el decoro del templo, se comportan de modo inversamente proporcional a la vida que practican, viviendo ricos en un templo pobre y no viviendo pobres con un templo rico.
Por eso, en esta misa de hoy, en la que la Iglesia nos propone la belleza experimentada por los apóstoles en la Transfiguración del Señor, aprovechemos a meditar acerca de cómo nos comportamos en el templo, de cómo venimos vestidos, de cómo intentamos hacer lo posible para que el templo sea bello.
Pidamos a Dios el ser conscientes de estas verdades olvidadas para que podamos repetir al entrar en cada templo: “¡qué bien se está aquí! ¡Hagamos tres carpas”!
Y mantengamos esa belleza también, en la Iglesia doméstica, que es nuestra propia casa.

P. Javier Olivera Ravasi, SE,
San Francisco, 1/3/2026

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