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El monje que el Gobierno de Sánchez expulsó del Valle de los Caídos escribe sobre un joven que eligió morir antes que blasfemar

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El 10 de agosto de 1936, en la localidad sevillana de Peñaflor, los milicianos que habían capturado a un joven requeté de veintiún años le hicieron una oferta: gritar «¡Viva Rusia!» o «¡Muera la religión!» y conservaría la vida. Antonio Molle Lazo no dudó. Respondió con el único grito que llevaba dentro: «¡Viva Cristo Rey!». Le mutilaron, le fusilaron y lo dejaron en la carretera con los brazos abiertos en forma de cruz.

 

El monje que se negó a doblegarse ante el Gobierno

Para entender por qué importa quién firma esta biografía, hay que entender quién es Santiago Cantera y lo que le ha costado serlo.

Cantera fue prior de la abadía benedictina del Valle de los Caídos de 2014 a 2025. Durante ese período, el Gobierno de Pedro Sánchez lo convirtió en su objetivo principal en el marco de la Ley de Memoria Democrática. El ministro Félix Bolaños llegó a plantear que los benedictinos podían permanecer en el Valle «siempre que desapareciera de escena el prior». El propio ministro celebró su relevo en marzo de 2025 porque, según dijo, era «inconcebible» que «un prior nostálgico del franquismo» dirigiera allí la comunidad. Cantera recibió en 2020 el Premio Religión en Libertad a la Audacia ante el Mundo «por su coraje, integridad y serenidad en la defensa de la libertad de la Iglesia frente a las intromisiones indebidas de poderes públicos». Monseñor Munilla dijo entonces que Cantera «ha dado a España la lección moral que necesitaba».

Un historiador medievalista, doctor por la Complutense, que pasó once años resistiendo presiones para que traicionara lo que consideraba justo: la permanencia de su comunidad y la integridad de un espacio sagrado. Alguien que dijo en más de una entrevista que, desde niño, había deseado la gracia del martirio.

Este hombre acaba de publicar la biografía de Antonio Molle Lazo.

«Tenía veintiún años y los brazos extendidos en forma de cruz»

Antonio Molle Lazo (1915-1936). Juventud, ideales y martirio no es un libro de historia política. Es la biografía de un joven gaditano, nacido en Arcos de la Frontera en Viernes Santo de 1915, que creció en Jerez, se formó con los Hermanos de La Salle, se hizo carlista como expresión de fe —no de ideología— y que el 10 de agosto de 1936, en Peñaflor, fue capturado mientras intentaba proteger a un grupo de mujeres y a las religiosas de las Hermanas de la Cruz.

Lo que sucedió entre la captura y la muerte está documentado por el testimonio directo del jefe de la estación de ferrocarril de Peñaflor, que lo presenció desde pocos metros de distancia, y por las declaraciones de varios milicianos presos en Palma del Río, que reconocieron los hechos ante el P. Sarabia en 1939.

La turba le ofreció la vida a cambio de una blasfemia. Él respondió: «¡Viva Cristo Rey!». Le insistieron. Respondió lo mismo. Le mutilaron. Respondió lo mismo. Cuando comprendió que llegaba su final, extendió cuanto pudo sus brazos en forma de cruz, cruzó una pierna sobre la otra, y con todas las fuerzas que le quedaban gritó por última vez: «¡Viva Cristo Rey!». Le fusilaron en esa posición. Era la hora de nona.

Lo que solo este hombre podía escribir

Cantera lo dice sin adornos en la introducción: al relatar el martirio de Molle tuvo que detenerse varias veces porque las lágrimas no le dejaban seguir. «He sentido de cerca el valor de Antonio y me ha conmovido el estar escribiendo una biografía de alguien ante quien me he sentido profundamente indigno».

Esa frase vale lo que vale porque viene de un hombre que pasó una década siendo el objetivo declarado de un gobierno que quería doblegarlo. No es postureo espiritual. Es el reconocimiento de alguien que conoce el precio de no ceder, y que sabe que este joven pagó un precio infinitamente mayor.

El libro recorre la vida completa de Molle: su infancia, su formación, su adhesión al carlismo como extensión natural de su fe, sus encarcelamientos durante la II República, sus últimas horas en Peñaflor —la misa por la mañana, la comunión, la partida de dominó con los compañeros, la defensa del convento, la captura—. Y la muerte. Y la fama de santidad inmediata que le siguió: la sangre que los vecinos besaban en el suelo de la iglesia, el cuerpo que olía a incienso semanas después en el cementerio, los favores atribuidos a su intercesión que siguen llegando hasta hoy.

Su causa de beatificación, iniciada en los años cuarenta, ha sido relanzada por la Asociación Canónica de Fieles Servidores de Cristo Rey. Más de treinta carlistas mártires de la misma época han sido ya beatificados por la Iglesia.

Un libro para este momento

Hay una coincidencia que no parece casual. El hombre que lo ha escrito acaba de vivir, en carne propia, lo que significa mantener una posición cuando el precio es demasiado alto para la mayoría. El hombre del que trata el libro vivió, hace noventa años, la versión absoluta de esa misma prueba.

Antonio Molle tenía veintiún años. Una oportunidad real de salvar su vida. Y la certeza de que gritar una sola frase que no creía le habría bastado para sobrevivir. Eligió no hacerlo.

En un tiempo en que la persecución religiosa en España ya no necesita fusiles —le basta con leyes, presupuestos y presiones institucionales—, la vida de Antonio Molle Lazo no es arqueología. Es un espejo.

Fuente: Infovaticana

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