El movimiento MAGA (Make America Great Again), del presidente Donald Trump, va de salida. Haber cooptado el Partido Republicano con una corriente tan personalista fue tan beneficioso –en un momento determinado de debacle demócrata– como tan perjudicial –cuando los desaciertos internos no paraban de acumularse–, al punto que, a pesar de reconocer que la Constitución se lo impide, el magnate neoyorquino no esconde su deseo de seguir al frente de la organización política y del país más allá de 2028. !Y a sus 82 años! Pero eso no será posible. Los republicanos necesitan urgente un nuevo liderazgo que pueda reagrupar a los conservadores. Y que también esté dispuesto a sacrificarse en una elección tan complicada como la que les tocará enfrentar dentro de dos años.
La presión recae sobre JD Vance. En las últimas décadas, son pocos los casos en los que el vicepresidente no ha optado luego por la Presidencia, tras agotarse las posibilidades constitucionales del líder de turno. Dick Cheney ha sido el único que se ha retirado voluntariamente de la política luego de ocupar el segundo cargo más importante del país en los últimos 26 años. Además, las encuestas también suman presión a Vance, que aparece junto con el secretario de Estado, Marco Rubio, como los favoritos para tomar las riendas del Partido Republicano después de cerrado el ciclo de Trump. Las circunstancias políticas les han permitido a cada uno estar a la cabeza en distintos momentos.
El cálculo político que debe hacer Marco Rubio
En el último estudio de opinión de la prestigiosa firma AtlasIntel, realizado poco antes de las elecciones de medio término de este martes, Rubio recupera el liderazgo con 45,6 % de preferencia frente a 32,9 % de Vance. Pero la gran pregunta es, ¿está Marco Rubio dispuesto a sacrificar el éxito que ha cosechado al frente de la diplomacia estadounidense para cargar con la desgastada imagen de Trump en unas complicadas elecciones presidenciales en las que tendrá todo en contra?
Marco Rubio sería, sin duda, la mejor carta de los republicanos para intentar preservar el poder. Sin embargo, si de estrategia personal se trata, su mejor jugada sería esperar hasta 2032 para tratar de capitalizar el desgaste de un eventual gobierno del Partido Demócrata, inclinado cada vez más hacia la izquierda. El éxito del proceso de transición en Venezuela y un cambio de rumbo en Cuba podrían ser sus medallas que perduren en el tiempo.
Para JD Vance, es ahora o nunca
Por el otro lado, Vance no tiene una carta de presentación que mostrar cuatro años después de terminado el actual mandato. Su eventual medalla era el éxito de la guerra en Irán. No logró cumplir con la tarea asignada y, en parte, fue uno de los factores determinantes para la derrota en las elecciones intermedias. Por tal motivo, él sabe que su única posibilidad es ahora. Y es probable que, en lo personal, el actual vicepresidente intente jugar todas sus cartas antes de que su nombre quede en el olvido. ¿Sabrá pasar la página del duro revés sufrido por los republicanos este 3 de noviembre? La lectura tan desacertada que ha hecho de los resultados indica que no.
Además, otro factor que jugó en contra de los republicanos fue la dura política migratoria que derivó en redadas que generaron un gran temor entre la población de origen hispano –por no diferenciar entre criminales y personas sin antecedentes penales que simplemente huían de regímenes autoritarios, de la violencia desbordada en sus países o buscaban un mejor futuro–, llegando a afectar incluso a ciudadanos con derecho a voto. Y Vance carece de un perfil que empatice con estos electores que hace dos años confiaron en la dupla republicana y hoy se pasaron a la acera demócrata por sentirse traicionados. Su política aislacionista, centrada en el principio de «America First», no le alcanzará. En contraste, el origen hispano de Rubio puede ser una variable que ayude a recuperar votantes hispanos desencantados. Pero los cálculos políticos del secretario de Estado puede que lo llamen a la prudencia.
Ron DeSantis, una tercera opción sin el peso del desgaste
Un tercer nombre sobre la mesa para dirigir el Partido Republicano después de la era Trump es el del saliente gobernador de Florida, Ron DeSantis, quien ya asomó en 2024 su aspiración de llegar a la Casa Blanca, cuando se postuló para las primarias republicanas, pero ante el apabullante regreso de Trump decidió retirarse y respaldar al hoy presidente en ejercicio. En caso de un segundo intento, llegaría con un perfil intermedio entre Rubio y Vance y con sus dos exitosos periodos como gobernador de Florida como carta de presentación, desde donde defendió valores republicanos y se opuso a la ideología woke, asumiendo la bandera de la batalla cultural sin arrastrar la pesada carga del desgaste que hoy enfrenta el gobierno federal.
De Santis también puede presumir de haber sido reelecto hace cuatro años con casi 20 puntos de ventaja, aunque su talón de Aquiles es la poca proyección nacional que ha logrado, tal como corroboró durante su fallida campaña para las pasadas primarias republicanas. Lo cierto es que ahora tendrá tiempo para centrarse en su próximo objetivo político. Sea cual sea. La última encuesta de AltasIntel justamente lo muestra como una tercera opción con 4,5 % de preferencia para conseguir la nominación republicana en 2028, apenas por debajo de Marco Rubio y JD Vance.
La necesidad de alejarse de Donald Trump
¿Cuál es el preferido de Trump? Ya eso es lo de menos. El mandatario republicano ha manifestado su deseo de que su relevo quede en manos de Vance o Rubio, sin establecer preferencia. Por este motivo, hace un par de semanas se viralizó la expresión de su vicepresidente cuando, en una rueda de prensa en el Despacho Oval, Trump evitó ofrecerle un respaldo político directo. Y con el desastroso resultado de este martes, tal parece que el esperado endoso no sea precisamente favorable. La representante por el distrito 27 de Florida, María Elvira Salazar, comprendió durante la campaña que una estrecha cercanía con Donald Trump y sus políticas migratorias podía pasarle factura. Marcar distancia le sirvió –aunque por un margen muy ajustado– para preservar su curul.
El candidato del Partido Republicano para las presidenciales de 2028 tendrá que ser un líder que –sin ser antitrumpista– pase la página del movimiento MAGA y construya un nuevo perfil conservador después de Trump. El éxito de esta estrategia es la única posibilidad de supervivencia del tradicional Partido Republicano, así como el Partido Demócrata necesita volver a sus orígenes y alejarse de la izquierda radical y del islamismo hacia donde ha estado girando. De lo contario, solo Donald Trump será el único beneficiado, ya que en caso de una derrota republicana en 2028 frente a un candidato demócrata del ala socialista, será Trump quien reclame estar al frente de la oposición para preparar un sucesor de su linaje.
Fuente: Panampost