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La advertencia de San Eduardo, la ruina de un país empieza por la apostasía de sus dirigentes

La santidad de un «fracaso»
Al morir en 1066, San Eduardo el Confesor vio un árbol partido que regresaba solo a su raíz. Gavin Ashenden sostiene que esa visión describe hoy el retorno de la fe católica a Inglaterra.

Un árbol verde partido por la mitad del tronco, con la parte cortada llevada a unos seiscientos metros de distancia, que regresa sola a su tocón, sin que la toque mano humana, y vuelve a echar raíces, hojas y frutos. Es la imagen que, según la tradición, contempló San Eduardo el Confesor en su lecho de muerte en enero de 1066, y en la que Gavin Ashenden ve anunciado hoy el regreso de la fe católica a Inglaterra.
Ashenden, escritor y apologista británico nacido en 1954, conoce bien el mundo anglicano desde dentro. Fue profesor universitario y capellán de la reina Isabel II entre 2008 y 2017, cargo al que renunció por sus discrepancias con la deriva secular e ideológica de la Iglesia de Inglaterra. Tras un breve paso como obispo en una rama anglicana tradicional, fue recibido en la Iglesia católica en diciembre de 2019 en la catedral de Shrewsbury, y desde entonces se dedica como laico a la apologética y al análisis cultural.
Su tesis la expone en un artículo publicado en su Substack, The New English Catholic, con motivo de la fiesta del rey santo, que se celebraba ayer, el 13 de octubre. La fecha no corresponde a su muerte, ocurrida el 5 de enero de 1066, sino a la traslación de su cuerpo a un nuevo santuario en la abadía de Westminster en 1163. Aquella ceremonia la presidió Santo Tomás Becket, con el rey Enrique II a su lado.
Para el autor, la escena tiene un enorme valor simbólico, porque ambos acabarían encarnando el conflicto entre el poder del Estado y el de la Iglesia. Ashenden formula a partir de ahí una tesis histórica, según la cual a Inglaterra le ha ido mal cada vez que se han impuesto los sucesores del rey y le ha ido bien cada vez que han vencido los sucesores de Becket. Y añade, dirigiéndose a sus lectores, que son ellos y él mismo quienes hoy ocupan el lugar de Becket.
Una tercera lectura de la historia
Los historiadores, recuerda el autor, suelen leer el pasado desde la perspectiva de los ricos y poderosos, y más recientemente la historiografía socialista lo ha hecho desde la del proletario, aunque este enfoque tropieza con un problema, ya que el obrero apenas dejó documentos escritos en los que apoyarse. Frente a ambas, propone una tercera mirada, la de la Biblia, la tradición de la Iglesia y los santos.
Desde esa óptica, sostiene que uno de los momentos decisivos de la vida de Eduardo, que según él no se enseña en las clases de historia, fue la visión que tuvo al morir. Y argumenta que hay buenas razones para pensar que esa visión advierte de que solo el regreso de la fe católica puede librar a Inglaterra de la ocupación, la derrota y el desastre.
La visión del rey moribundo
A comienzos de enero de 1066, Eduardo agonizaba en el palacio junto a la abadía que acababa de levantar en Westminster. Al salir del coma, contó a quienes le rodeaban que se le habían aparecido dos monjes ya difuntos a los que había conocido en su juventud en Normandía, donde se refugió, según el autor, en el Monte Saint-Michel. Le dijeron que, como los grandes del reino, condes y obispos por igual, se habían entregado a la maldad, Dios había puesto Inglaterra en manos de sus enemigos y los demonios recorrerían el país.
El rey preguntó si el arrepentimiento podía evitarlo, y los monjes respondieron con la parábola del árbol. La desgracia duraría hasta que la parte cortada del tronco volviera por sí misma a su tocón, arraigara y diera fruto de nuevo.
La reina lloró. Stigand, arzobispo de Canterbury, que acumulaba las sedes de Winchester y Canterbury y había sido excomulgado por varios papas, susurró a los nobles que el anciano deliraba y que no le hicieran caso. Antes de que acabara el año, Haroldo yacía muerto en Hastings y los normandos habían conquistado Inglaterra.
El aviso, a juicio del converso inglés, vale también para el presente. Cree que el país está en una encrucijada en la que Dios parece entregarlo de nuevo a sus enemigos, y lo atribuye a la maldad y la apostasía de sus «condes y obispos», es decir, de «nuestros políticos, nuestra monarquía y nuestra Iglesia de Estado».
Un patrón que se repite
Ya los escritores medievales intentaron ajustar la profecía a su propia época. San Elredo de Rievaulx la dio por cumplida cuando Enrique I se casó con Matilde, princesa de sangre inglesa, y se unieron los linajes normando e inglés.
Una profecía de este tipo, objeta sin embargo Ashenden, no se agota en un único cumplimiento, porque describe un patrón, el de algo vivo separado de su raíz, que no puede restaurarse por su propio esfuerzo ni por el de nadie y que solo regresa por un movimiento que le es dado. A su juicio, ese patrón describe el retorno de la fe católica a Inglaterra tras la ruptura de la Reforma, «no por decreto político, sino por la santidad, la piedad y la obediencia».
La santidad de un «fracaso»
Para explicar la figura del rey, Ashenden recurre a un sermón del sacerdote Ronald Knox, que arranca con una frase provocadora: «Cuando veneramos a San Eduardo, veneramos un fracaso». Knox no pretendía, precisa el autor, que el éxito mundano sea siempre signo de bribonería ni que santidad y grandeza sean incompatibles, y cita a San Oswaldo, San Dunstán y Santa Juana de Arco como santos que fueron también reyes, estadistas o guerreros. Su intención era recordar que el verdadero gobierno se ejerce en la cámara del consejo y la verdadera guerra se libra en el campo de batalla del alma.
Knox plantea además una pregunta. Entre los grandes muertos que reposan en Westminster, resulta difícil decidir a quién se habría querido emular en vida, pero a la luz del Juicio Final, donde solo cuenta si un hombre amó o descuidó a Dios, ningún cristiano dejaría de cambiar su lugar por el del Confesor. Eduardo, sostiene el sacerdote, triunfó incluso según los criterios del mundo, porque se entregó a aliviar las cargas de los suyos, socorrer sus necesidades y confirmarlos en la fe, y dejó en manos de la Providencia las oportunidades políticas que no quiso aprovechar.
De ahí el contraste con Guillermo el Conquistador, que no legó la abadía de Westminster. Knox lo resume así: «El Confesor, cuyas ambiciones podían satisfacerse con encontrar su comida a un pobre, no conoció la corrupción en la muerte, y vive como patrono de sus compatriotas».
El anillo y el cuerpo incorrupto
El autor rescata también una historia muy querida en la Edad Media. Un mendigo pidió limosna al rey cuando este no llevaba nada encima, y Eduardo le dio el anillo de su dedo. Años después, dos peregrinos ingleses de Ludlow que viajaban a Tierra Santa se encontraron con un anciano que les entregó el anillo para que lo devolvieran a su rey. Dijo ser San Juan Evangelista y anunció que Eduardo estaría con él en el paraíso antes de seis meses.
El propio autor admite que el relato no figura en la Vida más antigua y que pudo surgir en torno a un anillo venerado como reliquia en Westminster, pero plantea si su carácter sobrenatural basta para concluir que no sucedió. Recuerda, además, que en 1102 el abad Gilbert Crispin abrió la tumba y halló el cuerpo incorrupto, algo que los monjes interpretaron como confirmación celestial de la pureza de vida del rey.
Una abadía nacida de un voto
Westminster existe, explica Ashenden, por un voto que Eduardo no pudo cumplir. En acción de gracias por su llegada al trono prometió peregrinar a la tumba de San Pedro en Roma, pero sus consejeros le disuadieron porque el reino, recién recuperado de los daneses, no podía quedarse un año sin rey. Eduardo escribió al Papa, que le dispensó a condición de que restaurase un monasterio dedicado a San Pedro. El rey eligió una pequeña comunidad monástica en la isla de Thorney, junto al Támesis, y reconstruyó la abadía con una escala desconocida hasta entonces en Inglaterra, en el estilo románico que había conocido en Normandía.
Especialmente duro se muestra con el uso posterior del templo, que a su juicio la Iglesia anglicana ha convertido en un mausoleo nacional de su propia «pseudograndeza», y sostiene que el protestantismo imita a la Iglesia católica para revestirse de un prestigio que no ha creado.
Inglaterra antes del protestantismo
Durante cinco siglos, argumenta Ashenden, se ha enseñado a los ingleses que ser inglés y ser protestante es lo mismo, y la vida de San Eduardo desmiente esa identificación. Su acto definitorio fue un voto de peregrinar a Pedro, y su gran iglesia estaba vinculada directamente a Roma. Todos los monarcas ingleses coronados desde Guillermo el Conquistador, en la Navidad de 1066, lo han sido en la abadía de Eduardo, con la corona de Eduardo y en la silla de San Eduardo. Carlos II mandó rehacer la corona después de que la Commonwealth fundiera la original, y Carlos III fue coronado en 2023, según el autor, con una réplica.
El acto más solemne de la monarquía protestante, concluye, se celebra a pocos metros de los restos del católico que levantó el edificio en homenaje a Pedro, y ese préstamo se oculta al pueblo.
La rama que vuelve sola
La profecía, insiste, se está cumpliendo ante nuestros ojos. La restauración católica en Inglaterra no ha llegado, afirma, por el Parlamento ni por comisiones ecuménicas, sino por la lenta conversión de las almas.
La emancipación católica llegó en 1829 y la jerarquía se restableció en 1850. San John Henry Newman predicó su sermón de la Segunda primavera en 1852, y la catedral de Westminster se alzó a pocos cientos de metros de la abadía. Siguió una larga procesión de conversos, entre ellos Newman, Henry Edward Manning, Gerard Manley Hopkins, Robert Hugh Benson, el propio Knox y G. K. Chesterton, junto a miles cuyos nombres nadie recuerda.
En 2009, Benedicto XVI respondió a las peticiones de los anglicanos que buscaban la plena comunión con la constitución apostólica Anglicanorum coetibus, que dio lugar en 2011 al Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham. Ashenden ve ahí la rama que se une de nuevo al tronco y trae consigo sus propias hojas, la himnodia inglesa, la poesía y la prosa del siglo XVII, un retorno que no fue negociado por comités ni organizado por obispos, sino fruto de una corriente de conversiones personales.
Un aviso para la Iglesia
La visión encierra también, según el autor, una advertencia para la Iglesia que recibe esa rama. Los monjes no culparon a daneses ni normandos de la ruina de Inglaterra, sino a un estamento corrupto de condes y obispos y a un arzobispo que despreció la visión porque le acusaba de apostasía.
Cuando los dirigentes de la Iglesia se rinden a los criterios del mundo, concluye Ashenden, el único remedio es el arrepentimiento y la conversión. El árbol se restaura sin manos humanas, por la fidelidad, la oración y los sacramentos auténticos, y por personas que, como San Eduardo, deciden guardar la fe y dejar el resto a la Providencia.
El santuario que sobrevivió
En 1538, los comisarios de Enrique VIII destruyeron en Canterbury el santuario de Becket, el mismo que había trasladado a Eduardo, se llevaron el oro y las joyas y, por orden del rey, los huesos del santo fueron destruidos. En Westminster el santuario también fue despojado, pero los monjes escondieron el cuerpo. En 1557, bajo María Tudor, el abad John Feckenham reconstruyó el santuario y devolvió a él los restos del rey. Isabel I disolvió la comunidad de Feckenham dos años después, aunque dejó el cuerpo donde estaba.
En 1685, mientras se desmontaban los andamios tras la coronación de Jacobo II, un corista llamado Charles Taylor encontró el ataúd roto y, entre los huesos, un crucifijo de oro con su cadena, que fue entregado al rey, el último monarca católico de Inglaterra.
El de San Eduardo es, recuerda el autor, el único gran santuario medieval de Inglaterra en el que el santo sigue reposando. El árbol fue cortado y la rama llevada lejos, pero la raíz nunca fue arrancada. Cada fiesta de su traslación, escribe Ashenden, la Iglesia muestra el cuerpo de un rey inglés y dice al pueblo: «Este es vuestro origen. Esto es lo que sois. Fue la santidad la que hizo a este hombre lo que fue». Y cierra con una invocación: «San Eduardo, ruega por Inglaterra. Ruega por la Iglesia católica».
Fuente: Infocatolica