Este pasado día 10 de agosto, veneramos a su Alteza real Nuestra Señora de la Peña patrona de Bogotá con un artículo de Saeta de hace pocos años y con un admirable video de su fantástica historia. El propio sr. Presidente honró el santuario como despedida de su gobierno, actitud que sabemos agradecer y por la que pedimos particulares bendiciones. 

 

Bogotá y la Virgen de la Peña | OMP DE COLOMBIA

Es Tiempo para revisar  los sucesos que acontecieron. Ver no solamente las maravillas y las gracias que recibieramos. Ver la penas y las tristezas, las paradojas y las contradicciones que se hacen frecuentes en nuestro tiempo. 

Hay cosas que han identificado al colombiano,  al bogotano y que no se le pueden  quitar tan facilmente. Dicen que la maldad no existe, y si existiera, dicen,   usemos el mito del diálogo: “dialoguemos   con ella, no importa la forma como se presente, la neutralizamos así y  todos seremos felices”. 

Pero es que nos han quitado cosas muy santas, cosas muy sagradas Tal vez igual a la inocencia de nuestros niños, son  nuestros santuarios. . Cada pueblo tiene su historia unas innegables y plasmadas en monumentos que parecerían indestructibles, si a ello no acudiera la malicia humana. 

 ¿Cómo entender que nos quiten el santuario  si no es por una traición o apostasía? Muchos pensamientos muchas alegrías, muchas esperanzas, algunas alcanzadas otras ni siquiera logradas pero las que mas pueden afligir al espíritu son las que nos llevan a la frustración.

Cuando se rechaza una gracia, cuando se obra como si Dios no existiese, cuando se es indolente con el bien y se dialoga con el mal es cuando aparecen las frustraciones.  Cuando un padre por ejemplo lucha para prevenir y para proteger a su hijo de los peligros que lo amenazan, el secuestro por ejemplo,   y cuando no lo logra puede ser afectado por este sentimiento  o por una realidad de catástrofe que le sobreviene a él o a su familia.

Buscar algo sin contar con Dios ni con su Ley casi siempre lleva a la frustración.

En esta Navidad todos sienten,  hay un sentir cada vez mas generalizado en nuestra nación pues se ilusionaron con quienes afirmaban buscar  una paz sin Dios contraria a sus leyes en especial a la Ley Natural que entre otras cosas ordena, no rechazar la verdad conocida como tal. Una verdad, por ejemplo, es que el crimen merece castigo y no premio. Lo contrario  no puede ser  justicia y será el camino del fracaso y también de la frustración.

 Las esperanzas, las tranquilidad de conciencia y las alegrías, lo contrario a estas realidades que hoy padecemos las podemos considerar en las gracias de Navidad. Estas son gratuitas y no es dado al hombre rechazarlas.
Por ello nuestra nación ha sido escogida para manifestaciones inimaginables de gracias de la Providencia. Son plasmadas en sus santuarios y en pequeños y grandes milagros que se suceden con no poca frecuencia. Es el musgo, es el aroma a pino, fue  la pólvora, fue la novena y los aguinaldos que unían la familia y la llenaban de alegría.
Muchas veces es también un Cristo redentor como el de Monserrate, o el Niño Jesús del 20 de Julio,  más lejano como Nuestro Amo de Sopó y si se quiere alejados un poco más La Virgen De Chiquinquirá o el Santo Cristo de Buga que se venera en varias iglesias de Bogotá.  Otros milagros hemos recibido en abundancia  por su santísima Madre,  como la virgen del Topo en la Catedral primada  o Nuestra Señora del Campo en San Diego.

Pero cuando se trata de  toda la Sagrada Familia: El Niño Dios, San José y la Santísima Virgen que vienen con su realeza a aliviar las penas y las tristezas, a traer promesas de una verdadera paz en los hogares, a prepararnos ya sea para la Navidad o para la Semana Santa, su realidad y su simbolismo adquiere otras dimensiones.
Cuando esa gracia fue  reconocida y cuando hubo presbíteros y gobernantes que así le dieron justo homenaje a ese portentoso milagro  reconocieron y pidieron amparo  y protección a su pueblo de Santa Fe y a su grey católica apostólica y romana   nombrándola Reina  en su calidad de Alteza Real y Patrona de Bogotá. Este hecho,    adquiere verdadera consistencia y por tanto seriedad. No solamente histórica, mas real y de verdad.
Pero en los pocos años de este siglo se fue relajando se fue despreciando este santuario en los cerros de Monserrate olvidando lo santo y lo sagrado olvidando a los feligreses de toda la ciudad y en especial a quienes habitan ese barrio de los Laches siempre reconocido como pobre y por ello ocasión de  demagogias y de sentimientos de igualitarismo y lugar donde se llama a practicar  la caridad bien o mal entendida. ¿Por qué entonces quitarles lo mejor que tienen?  Un santuario ni mas ni menos, en las faldas de esa peña y de ese abismo donde apareciera.  Sus consolaciones su sentido de vida  y la posibilidad de tener tan cerca a quién acudir y como en el pesebre traerle sus angustias para que fueran consolados.

No se encuentra por tanto razón alguna para encontrar cerradas sus puertas. Es natural que cuando se cierren las puertas de la iglesia se cierren así las gracias de lglesia. Aquí las gracias de esas imágenes  esculpidas por ángeles milagrosamente. Uno tras otro los párrocos de esta iglesia fueron relegando quizás no su ministerio, pero sí la fe nacida de la roca y la que mueve montañas y ya no abrían el santuario sino de vez en cuando.  Sus puertas cerradas, primero, casi durante todo el día, después todos los días menos el fin de semana.  Tanta indiferencia, dígase de verdad, no de los fieles, pero sí de sus pastores  se fue convirtiendo de ingratitud a inexorable desprecio hasta llegar a la dura realidad de hoy:  La Peña ya no es mas un santuario, prácticamente la pequeña iglesia dejo de serlo ahora solo abren la puerta de atrás si alguien quiere visitarla. Y todo porque fue entregada a quienes desconocen a San Jose y a la Virgen, a sus ángeles, cayó en el más rechazable ecumenismo y ¡oh dolor! , lo entregaron a una criticable secta protestante y judía. Tan fríos de espíritu que lograron estos “Neo Catecúmenos” enfriar el calor de tanta historia y tantas gracias.  

Pocas veces un devoto de ese santuario y un peregrino que los había muchos tiene razón para sentir la frustración que nos ha traído esa dura realidad. Es todo y radicalmente lo contrario a un acto de virtud una atrevimiento  tan asombroso para la fe como tantas determinaciones de las jerarquías de nuestro tiempo.  

 

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