Publicado en el TIEMPO – Viernes 19 de Octubre de 2012 /Pagina 11


Ante las negociaciones con la guerrilla marxista:

Las capitulaciones secretas jamás nos conducirán a una verdadera paz

El presidente Juan Manuel Santos nos quiere imponer una nación diseñada por los subversivos. Esto es la rendición de 44 millones de colombianos a la voluntad de un grupo minúsculo de delincuentes Una guerrilla derrotada , rechazada por la inmensa mayoría de los colombianos, que no ha hecho sino martirizar con sus crímenes al pueblo colombiano , pretender ganar en la mesa de negociaciones lo que nunca obtuvo con la lucha armada.
Colombia quedó desconcertada ante el reciente anuncio presidencial que oficialmente da inicio a un nuevo Proceso de Paz con las guerrillas marxistas. Este acuerdo se venía gestando sigilosamente hace más de dos años, desde el momento mismo de la elección del Dr. Juan Manuel Santos a la Presidencia de la República o tal vez desde antes. Este impactante anuncio puede cambiar irrevocable-mente el destino de nuestra Patria, generando nefastos efectos para los países vecinos aquejados también por la narco-guerrilla terrorista. Por tal motivo, la Sociedad Colombiana Tradición y Acción no puede dejar de llamar la atención del País para que no se proceda con ligereza e irreflexión ante este asunto de tanta importancia La negociación con las guerrillas: un falso concepto de paz Desde 1982 al 2002, todos los gobiernos que se sucedieron en el Palacio de Nariño, llevaron a cabo ingenuos pero sangrientos procesos de paz con los grupos guerrilleros. Es evidente que esos fatídicos 20 años fueron marcados por el fracaso estruendoso de todas las negociaciones de paz y sólo condujeron al aumento de la violencia, al fortalecimiento del narcoterrorismo, al amedrentamiento de la sociedad, a la seudo legitimación del estatus guerrillero-terrorista, al incremento de la impunidad y a la desesperanza de los colombianos de bien. Cuanto más concesiones se hacían a los guerrilleros con el pretexto de conseguir la tan anhelada paz, mayores eran sus insolentes pretensiones y crímenes. En el recuerdo de todos los colombianos quedaron grabados para siempre los episodios dantescos del asalto al Palacio de Justicia, realizado por el M-19 cuando todos sus militantes habían sido indultados, y también los oprobiosos días del despeje de El Caguán, región que se convirtió en el epicentro del secuestro, del crimen, del terrorismo y del narcotráfico, durante el anterior proceso de paz emprendido con las Farc. Sin embargo, ese panorama desolador cambió radicalmente a partir del año 2002, cuando el País se cansó de tantas capitulaciones. Decidió elegir Presidente de la República por dos periodos seguidos al Dr. Alvaro Uribe Vélez, quien desarrolló una verdadera política de seguridad para los colombianos, haciendo abstracción del pernicioso sistema de seguir capitulando para conseguir la paz. No es este el momento para analizar los aciertos y desaciertos de esa administración, pero toda Colombia reconoce que en esos ocho años volvimos a ser un país seguro, recuperamos la credibilidad internacional y la confianza de los inversionistas, mientras el desarrollo y el progreso legítimo invadieron todos los rincones de la geografía nacional. Esos resultados en materia de auténtica pacificación hicieron que la inmensa mayoría de los colombianos eligieran presidente al entonces Ministro de la Defensa, en el cual veían el legítimo continuador de la obra de un gobierno que nos conducía por el mejor de los caminos. Eso llevó al Dr. Juan Manuel Santos a ser respaldado en las urnas por más de nueve millones de votos, equivalentes a más del 60% de los electores. Sin embargo, ¡oh sorpresa!, en lugar de la actitud firme y clara del gobierno anterior, con gran desconcierto regresamos al mismo sistema de negociaciones claudicantes que ha sido la fuente de las desgracias y tragedias que ha vivido Colombia en las últimas décadas. Escogido para continuar por el camino que tantos beneficios nos había dado, el Presidente Santos decide tomar la vía contraria, obligándonos a regresar a una situación que la inmensa mayoría de los colombianos no quiere. ¿Hacia dónde nos quiere llevar el actual gobierno con estas negociaciones? No se nos olvide que el concepto de paz de los marxistas es muy diferente al nuestro. Para ellos hablar de la paz es un medio de alcanzar el poder, es una forma de lucha, es una estrategia de conquista revolucionaria. La paz y el diálogo son los nombres disfrazados que los marxistas le dan a la guerra que libran contra la civilización cristiana. Mientras la paz que todos anhelamos es un fruto sagrado de la justicia, y se obtiene en un contexto de profundo respeto por la tradición, la familia y la propiedad, los guerrilleros son movidos por el odio que la doctrina marxista profesa contra estos valores sagrados de la Civilización Cristiana. La paz que ellos buscan no es la “tranquilidad en el orden”, como la define San Agustín y la desea toda Colombia, sino muy por el contrario, es un estado político que les permita conquistar el poder, someter a la sociedad, dominar a las personas y a las instituciones e imponer por la fuerza un régimen a narco-comunista. ¡Que nadie se engañe: Esta es su meta final! Es muy elocuente la afirmación del ilustre pensador brasileño, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, gran estudioso de la Guerra Psicológica Revolucionaria: “Todas las veces que hubiere, en cualquier tiempo y en cualquier lugar, un enfrentamiento diplomático entre belicistas delirantes y pacifistas delirantes, la ventaja sonreirá a los primeros y la frustración a los segundos” (Plinio Corrêa de Oliveira, Churchill, el avestruz y América del Sur, publicado en la Folha de Sao Paulo, 31/I/1971). Una repetición de los errores del pasado Pero veamos cuáles fueron las ingenuidades y cegueras que nos llevaron al fracaso en las anteriores negociaciones con las Farc y los demás grupos terroristas y que ahora se repiten punto por punto:
  • Los grupos subversivos nunca entregaron las armas ni abjuraron de sus métodos.
  • En ningún caso liberaron a los centenares de compatriotas secuestrados, ni se han comprometido a no volver a secuestrar a nadie. Es inadmisible que el presidente de los colombianos avale la afirmación cínica de que no tienen secuestrados.
  • No se comprometieron a abandonar el terrorismo y la extorsión contra la población civil.
  • Todos los días mataban y herían policías y soldados.
  • Jamás dejaron de hacer terrorismo contra las poblaciones indígenas y campesinas, ni de reclutar a sus niños para la guerra.
  • Cuanto más acuerdos se firmaban, mayor era la intimidación de los grupos armados en contra de las instituciones políticas, judiciales y gubernamentales del País.
  • Los gobiernos de turno terminaron aceptando todas las condiciones impuestas por la guerrilla, aunque ésta no cumplía con ninguno de los acuerdos firmados.
  • Tampoco renunciaron a su actividad criminal de primer cartel del narcotráfico en Colombia, que a su vez genera unos recursos ilegales y clandestinos inmensos, que han sido el principal motor de la guerra promovida por ellos contra el Estado y la sociedad colombiana. También es inadmisible aceptar que las Farc no tienen nada que ver con el narcotráfico.
El Estado colombiano ejecutó inmensas reformas que supuestamente nos conducirían a la obtención de la tan anhelada paz. En 1991 adoptó una nueva Constitución Política; transformó la Justicia; le dio estatus político a los guerrilleros; los nombró en incontables cargos públicos; les permitió llegar a cargos de elección popular; despejó regiones enteras como El Caguán; suspendió muchas operaciones militares contra los grupos terroristas; indultó los crímenes cometidos por ellos; destituyó a muchos oficiales superiores por exigencia expresa de los guerrilleros; judicializó y encarceló a millares de integrantes de las Fuerzas Armadas, sólo por rumores y falsas acusaciones hechas por una insidiosa y mal intencionada fuerza política que se ha dedicado a hacerle la guerra a la Policía y al Ejército desde los estrados judiciales, con el fin de paralizar y desmoralizar a las Fuerzas Armadas que tienen el deber de combatirlos. Un nuevo Caguán donde se negocia el futuro de Colombia ¿Regresaremos a los oprobiosos días en que el Estado era destruido por una guerrilla que mientras hablaba de paz en las mesas de negociación empuñaba las armas en todas las ciudades de Colombia? No lo sabemos. Pero si se cometen los mismos errores del pasado, es evidente que hasta allá llegaremos de nuevo, con la complicidad de todos aquellos que hoy aplauden este nuevo proceso con un ciego entusiasmo incondicional. Suponen que esta vez el gobierno y la guerrilla actúan de buena fe, cuando es evidente que este honorable principio de negociación fue el primer desterrado de todos los procesos anteriores, y muy probablemente lo será también del actual. Esta vez no estaremos entregando El Caguán, un territorio selvático de 40.000 Km2 y apartado de los polos de desarrollo de Colombia, sino algo que tendrá consecuencias aún más trágicas. A espaldas de la opinión pública, en medio de un misterioso secreto, y con el aplauso incondicional de muchos que detentan una autoridad política, económica y religiosa, se pretende diseñar un nuevo Estado de acuerdo con las exigencias de la subversión marxista. ¡A cambio de una supuesta paz, no se entrega un pequeño territorio, sino el futuro de Colombia! El nefasto ejemplo de Kerensky No deseamos que el Presidente Juan Manuel Santos pase a la Historia con el epíteto del malogrado ex-Presidente chileno Eduardo Frei Montalva, conocido como el “Kerensky chileno”, por haber allanado el camino a la Presidencia de Chile del marxista Salvador Allende. Fue la repetición de lo que hiciera Alexander Kerensky en Rusia, en relación a los bolcheviques, permitiéndoles la llegada al poder. ¡Que Dios libre a Colombia de tamaña desgracia! Tradición y Acción hace público este documento para alertar al Gobierno y a todos los colombianos, especialmente a esa inmensa mayoría que está siendo ignorada en este proceso de negociación con las Farc. A la opinión pública de Colombia se le hace creer que este es el único camino de pacificación, tantas veces fracasado por los engaños de la guerrilla. Y esto en el preciso momento en que ésta se encuentra a punto de ser derrotada definitivamente y el país manifiesta importantísimos signos de prosperidad, desarrollo y pacificación. Como católicos, al terminar estas consideraciones nos dirigimos a la augusta presencia de Nuestra Señora de Chiquinquirá, insigne patrona de Colombia. Le suplicamos no permitir que nuestra Patria sea demolida por una minoría marxista que durante décadas la ha traumatizado con sus crímenes y su acción terrorista, y que con el beneplácito del gobierno pretende imponernos ahora su tiranía con el pretexto mentiroso de que es la única forma de conseguir la paz. Sociedad Colombiana Tradición y Acción]]>

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