La visión política que Su Santidad ha defendido con vehemencia ha sufrido un serio revés en las europeas y, sobre todo, en lo que respecta a Italia, que ha dado la victoria al gobernante con quien se niega a reunirse, Matteo Salvini.

Que la influencia política de la Iglesia se reduzca en Occidente, donde lleva décadas desangrándose demográficamente, no es exactamente una noticia de primera plana. Pero sí lo es que precisamente los votantes católicos o los cercanos a lo que ha sido durante siglos la visión católica sean quienes, en buena medida, están votando a la contra de las directrices emanadas por el Vaticano y las conferencias episcopales.

Sobre todo en Italia, Matteo Salvini, ministro del Interior y particular ‘rival’ político del Santo Padre, que se niega a recibirlo, ha visto cómo su partido, la Liga, se impone sobre todos los demás en estas elecciones en un clarísimo ascenso.

Esta victoria, unida a las del Fidesz húngaro, el PiS polaco, el Partido del Brexit británico y el antiguo Frente Nacional de Le Pen, son pésimas noticias para los eurócratas de Bruselas, empeñados en vaciar Europa de identidad y convertirla en un megaestado. Pero es también la prueba de que el poder que tiene Francisco en Italia -o en la Europa católica, en realidad- es muy pequeño. De hecho, pocos Papas en la memoria reciente han sido tan explícitos y repetitivos en sus preferencias políticas, y aún menos han tenido menor influencia en la intención de voto de su grey.
Para acentuar la confusión, no es que Salvini haya mitigado sus llamadas explícitas al voto católico, al contrario, ha hablado alto y fuerte de salvaguardar la cultura católica del país frente a los peligros del Islam y el globalismo europeísta, se ha exhibido con el rosario en la mano y ha encomendado en un mitin político el país al Inmaculado Corazón de María y a varios santos nacionales.

Todo eso, lejos de ganarse el aplauso o, al menos, un discreto gesto de ánimo en la jerarquía eclesiástica del país y en la Curia Romana, ha provocado en el alto clero un casi universal rasgado de vestiduras talares. Invocar a la Virgen está mal visto en un católico, al parecer, según han dejado claro el padre Antonio Spadaro, director del órgano jesuita La Civiltà Cattolica, el secretario de Estado vaticano, cardenal Pietro Parolin -que lo ha llegado a calificar de ‘peligroso’-, algunos obispos y la guardia pretoriana habitual de francisquistas mediáticos. Nadie duda por un segundo que Francisco está abiertamente en contra de Salvini, y no ha hecho el menor esfuerzo por disimularlo.

Y ahí está la cosa, que siendo Italia todavía católica en su mayoría, y con una influencia de ‘catolicismo cultural’ mucho mayor, no ha sucedido lo que sería esperable con esta situación de partida, esto es, que el votante católico castigara a Salvini en las urnas. Ha sucedido al contrario, porque el católico, en buena medida, ha visto en el líder de la Liga un baluarte de valores, como poco, vagamente cristianos y, sobre todo, no ha encontrado alternativa alguna. La clerecía no ha apoyado, siquiera implícitamente, a algún partido con valores católicos que se opusiera al mensaje euroescéptico y antiinmigracionista de la Liga, sino que ha preferido fiar su suerte a formaciones de un laicismo militante.

No todo es mérito de Salvini, en absoluto. Probablemente, si las indicaciones políticas del Papa no se alejaran tan bruscamente de lo que ha sido la postura tradicional de la Iglesia hasta ahora. Familia y vida, dos temas cruciales en la influencia política de la Iglesia, prácticamente se han volatilizado, eclipsado por otros -Cambio Climático, desaparición de fronteras, entrada masiva de inmigrantes- que muchos encuentran más que cuestionables.

Fuente: Info Vaticana

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