Todos somos en alguna medida hijos de nuestro tiempo. Sí, incluso los que tenemos la pretensión de oponernos al pensamiento dominante lo somos; hasta quienes, como creyentes, aspiramos a agarrarnos a una Verdad intemporal que nos salve de esa humillante esclavitud, como la llamaba Chesterton. Quizá no en lo que confesamos explícitamente, pero sí en lo que damos por supuesto.

Somos los hijos de la sociedad de consumo, de la satisfacción inmediata, con una preferencia temporal tan acentuada que asusta.

En estas horas inmediatas al anuncio de los resultados electorales he venido oyendo tantas tonterías que, más que escribir una columna, me gustaría poner a los lloricas de cara a la pared para que se lo piensen bien antes de hablar.

A ver, ¿qué esperaban muchos de los ‘voxeros’ que veo lloriqueando por las esquinas? ¿Qué ganara Santiago Abascal por mayoría absoluta en las primeras generales a las que se enfrenta con alguna posibilidad de pisar el Congreso? Lo del pensamiento Disney, ¿no era un defecto de la izquierda?

Vox ha sacado 24 escaños. Ve tú con una máquina del tiempo y díselo a los ‘few, happy few, band of brothers‘ que se reunían en casa de alguno de ellos después de las elecciones inmediatamente anteriores: iban a agotar el champagne de varios Mercadonas. Y, por supuesto, no entenderían las caras largas.

Veinticuatro escaños. El partido universalmente demonizado, el partido imposible, el fascismo redivivo que nos iba a quitar el voto a las mujeres e iba a empezar a fusilar a los homosexuales, según la propaganda. En serio, chicos, este resultado es una maravilla, se mire como se mire, en este momento y con los bueyes que hay que arar. Dejad de ver Juego de Tronos, que os nubla el entendimiento.

Fuente: Actuall

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