Socios complacientes El Estado cubano no está interesado en emprendedores autónomos que persigan sus propios objetivos, sino en socios complacientes que colaboren en silencio, no hagan preguntas incómodas, desarrollen los planes creados por el Partido y se dediquen a ganar dinero sin cuestionar los métodos empleados. Generalmente, ese aparato productivo central es administrado por empresas extranjeras que generan dos tipos de beneficios al gobierno: las utilidades propias del negocio y el alquiler de los trabajadores cubanos, por los que la empresa pública que los suministra cobra en dólares o euros, mientras les pagan a los empleados en pesos casi totalmente devaluados. En esa sencilla operación les roban a los trabajadores de las empresas públicas entre el 80 y el 90% de la plusvalía. El sector «privado» lo integran más de 500.000 cuentapropistas, «grosso modo» el 13% de la población activa. Los trabajadores por cuenta propia sólo pueden desarrollar determinadas actividades previstas por la ley (exactamente 130, incluidas las de «payasos en fiestas infantiles» o «forrar botones»), pero bajo la estricta vigilancia de un gobierno empeñado en que no acumulen riquezas ni se diversifiquen. Objetivos que el régimen logra con una combinación de altos impuestos, regulaciones y acoso constante en los medios de comunicación, especialmente a los que alquilan habitaciones a los turistas como a las paladares(pequeños restaurantes), generalmente familiares. Como es obvio, la cúpula dirigente cubana se niega a admitir el feliz hallazgo de Deng Xiaoping, «enriquecerse es glorioso», y pretende conseguir el desarrollo con lo peor de los dos sistemas: un socialismo sin subsidios y un capitalismo sin incentivos. Sin embargo, siguen de cerca el modelo chino en lo que les conviene: el culto a las leyendas de la revolución –Mao en China y Fidel en Cuba–, y en el hecho de que la única fuerza vigente y permitida es el Partido Comunista. Ya existe, pues, suficiente distancia temporal para entender el enorme error de Barack Obama anunciado el 17 de diciembre de 2014. Fue entonces cuando el expresidente de Estados Unidos, tras mentirle repetidas veces a la opinión pública, alegando que jamás haría concesiones a la dictadura cubana mientras ésta no diera muestras claras de dar pasos hacia la democracia, se lanzó a hacer exactamente lo contrario: reanudó relaciones y alivió algunas restricciones del embargo sin que el gobierno cubano hiciera la menor apertura. Ese cambio de política ignoró el espíritu de la ley Helms-Burton (una codificación de diversas medidas antidictatoriales) firmada en 1996 por Bill Clinton, otro presidente demócrata. Y para añadir sal a la herida, dejó la ejecución de semejante pifia en las manos inexpertas e ingenuas del escritor Ben Rhodes, su redactor de discursos, en un momento en que La Habana articulaba y respaldaba a las dictaduras enmarcadas en el socialismo del siglo XXI. El ejemplo de Tiananmen Es cierto que Obama, casi al final de su mandato, fue a Cuba y pronunció un discurso vibrante a favor de la libertad que aún se recuerda con emoción, pero no es verdad que las dictaduras se ablanden y cambien por el éxito de una combinación entre la propiedad privada y el mercado. Esa es una tontería mayúscula en la que parece estar incurriendo Donald Trump tras ceder a la demanda de los exportadores agrícolas norteamericanos con relación a Cuba. La dictadura china mató a miles de personas en Tiananmen cuando estaba creciendo al 9% anual gracias a las reformas «procapitalistas». Fue la crisis lo que desmanteló el comunismo en Europa, no la prosperidad. La crisis, combinada con la existencia de un sector reformista que en Cuba no consigue levantar la cabeza porque se la cortan quienes creen y practican el capitalismo militar de Estado. Fuente: ABC.es]]>

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