Por Santiago Escobar Recientemente se ventiló la noticia de que la empresa Cambridge Analytic utilizó la información de más 87 millones de usuarios de Facebook para crear una campaña electoral para el entonces candidato presidencial Donald Trump. Según ellos, la implementación de ese sistema influenció decisivamente en la victoria del candidato republicano.

Analizando el método de interpretación de las informaciones obtenidas por Cambridge Analytic, los ingenieros de datos, trabajando junto con sociólogos, psicólogos y filósofos, crearon un método para detectar los intereses, las simpatías y antipatías de los usuarios con la prueba de los cinco grandes: apertura al cambio, escrupulosidad, extroversión, amabilidad, inestabilidad emocional, de cada usuario, implementando un algoritmo que descifra de forma “customizada” la manera más convincente de persuadir a las personas según su temperamento y sus opiniones, y dando un alto pronóstico de éxito.

Esa noticia que se publicó no es aislada, sino la punta de un grande iceberg. Ella se filtró y no se comprendía bien su alcance, pero día a día las personas instintivamente perciben cómo las redes sociales que utilizan, recogen nuestra información personal por cada comentario, por cada “like”, foto, video que publicamos, así como por los amigos que hacen parte de nuestras redes sociales, al igual que las personas que seguimos (artistas, libros, películas, famosos), etc. Esta información es “preciosa” para aquellos que ejercen su influencia en la opinión pública

Deteniéndonos un poco y haciendo una retrospección de 50 años, las personas acompañaban las noticias, leían, hacían sus comentarios en sus círculos sociales y creaban una opinión a respecto de las cosas que acontecían, las cuales eran noticiadas de manera orgánica. Hoy en día vemos una transformación paradójica: En vez de caminar rumbo a un progreso en que la opinión sea más auténtica y menos fabricada, sucede lo contrario. Los medios de comunicación como radio, televisión, periódicos, etc., influencian a las personas de una manera directamente proporcional a la medida que ellas van perdiendo su alteridad de pensamiento y tornándose más fáciles de manipular.

Como es bien conocido por todos, la vida contemporánea es cada vez más agitada. Existe una presión en el ambiente que lleva a las personas a preocuparse por actuar, es decir, el hacer por hacer, perdiendo gradualmente el anhelo por la estabilidad, la reflexión y el pensamiento bien estructurado.

Puestos así en las manos de aquellos que quieren ejercer un poder de influencia en la sociedad, tales métodos –muchos de ellos inmorales, como el de sustraer información de los medios de comunicación más usados, que son las redes sociales, y a través de éstas canalizar información para influenciar, más que las opiniones los temperamentos de las personas– van siendo perfeccionados en el sentido de conducir a la mayor parte de los individuos como una gran masa de maniobra.

De otro lado, pero de manera análoga, vemos con tristeza y perplejidad cómo la institución por excelencia, la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, “sal de la tierra y luz del mundo”, llamada a enseñar, santificar y gobernar, está pasando por una de sus peores crisis. Para comprobarlo basta analizar la sala de comunicación y prensa del Vaticano, que viene tomando la costumbre de realizar desmentidos sobre lo que las más altas autoridades de la Iglesia hablan, que muestra con parcialidad ciertas informaciones y esconde otras. Esto nos lleva a concluir, con profundo pesar, que el caos, la anarquía y la irracionalidad gradualmente se instala en todas las esferas, hasta en las más altas cumbres, lo cual deja a los pueblos, las naciones y las personas en una peligrosa situación. Cambridge Analytic es sólo una punta de este iceberg inmenso, que el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira denunció en su libro Revolución y Contrarrevolución: “Su objetivo: alcanzar, en el interior de las almas, por etapas e invisiblemente, la victoria que ciertas circunstancias le estaban impidiendo conquistar de modo drástico y visible, según los métodos clásicos” .

Una denuncia de la manipulación de las masas hecha por la guerra psicológica revolucionaria para destruir el orden y la civilización cristiana (conjunto de costumbres, pensamientos y formas de ser), cuya finalidad es organizar la sociedad de manera a que conduzca los hombres a glorificar a Dios y a buscar directa e indirectamente su salvación eterna.

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