HACE 25 AÑOS VISITÉ ARMERO Que desolación. En medio de ella, pudimos constatar varias cosas. Todas las casas, todas las edificaciones, todas las construcciones fueron arrastradas al final de una colina y ¡No quedó nada! Sólamente el testimonio de una pequeña estructura de cemento, de una caja fuerte, como para indicar que allí estaba el banco y fuera el centro y la plaza principal de la ciudad. En medio de la arena seca, que asimilaba un desierto, algunas flores o floreros a manera de lápidas de algunos familiares que han colocado en el campos santo de por lo menos 20.000 cuerpos, de ese yermo y seco arenal; una inmensa cruz como monumento al cemento, que señala a quienes se acercan al lugar y remotamente algo de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Pude constatar cómo la avalancha de barro y azufre se dividió en dos brazos con trazas de un río desbocado arrastrando piedras y maderas. Era la mano de Dios, para mostrar lo que pasa al hombre cuando se desboca en sus pasiones y las vuelven ostentosas. A tan poderoso testimonio de la justicia de Dios no se puede ser ajeno, y que ni un Papa puede minimizar o ignorar, así sea para consolar, pues desvía las enseñanzas que misericordiosamente nos deja la Providencia. Allí estuvo años después, SS Juan Paulo II y, dirían algunos, en uno de los hechos más simbólicos de su pontificado cuando inició la misa al pie de la cruz, la tierra comenzó a temblar y tuvo que salir a las prisas con toda la comitiva. Temblor que dejó por más de tres años una grieta en la cúpula de la basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, la patrona de Colombia. Pues allí, donde se dividió el torrente, en esa isla hay una casa y en su jardín una escultura de tamaño casi natural de Nuestra Señora, no recuerdo si en la advocación del Perpetuo Socorro o del Carmen. Por lado y lado corrió la avalancha y no fueron tocadas Supe recientemente que esta casa perteneció a quien hizo el pedestal y colocó la imagen de la Virgen, y lo increíble, fue quien tuvo pena del sacerdote asesinado desmembrado, profanado, descuartizado y objeto de dantescas burlas con sus extremidades, y dio sepultura aquel 9 de abril de 1948. Asesinato y profanación que movió a que el obispo de su diosesis Ibagué, maldijera la ciudad por tan diabólico hecho. 37 años antes. La catástrofe fue avisada con cenizas que botaba el volcán desde el mes de enero. Quizás se hubiera evitado con oraciones, rosarios, rogativas y penitencias. Pero no las hubo, su párroco era conocidamente impenitente, calmaba a la población y según testigos, tenía tendencias sodomitas. Después de apresuradas misas calmaba a sus fieles diciendo: ” No teman, Dios es solo misericordia” pero se le veía salir a las carreras a esconderse en Ibagué, y por ello sobrevivió posiblemente sin confesar a nadie y claro sin aparecerse después de la avalancha. La radio también concurría hasta última hora como otro soporífero antes del drama. Comentaba hace 25 años con un amigo, americano a quien llevé a visitar el lugar, en ese momento presidente de la TFP de Estados Unidos lo siguiente: Si alguien quería constatar en el mar muerto un castigo de Dios en Sodoma y Gomorra no era necesario ir a verlo. Aquí en Armero es muy claro y es ejemplo para que no se pretenda tentar a Dios impunemente. Allí quedó como una isla]]>

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