Siempre he admirado su desprecio por las modas, y la insolencia con que ha escrito sus historias Algunas de las críticas que ha merecido The Hard Problem se preguntan si no resulta temerario llevar a escena una problemática tan abstracta y alejada de los conflictos cotidianos que suelen divertir, intrigar o conmover a los espectadores. Desde luego que tienen razón. La obra no es nada fácil, exige un gran esfuerzo de concentración para no extraviarse entre los razonamientos, referencias científicas o delirantes sofismas que, ataviados con una pretenciosa retórica académica, llueven sobre la valerosa Hilary. ¿Pero no ha sido siempre igual de escurridizo y exigente el teatro de Stoppard? Desde que yo vi, en los años sesenta londinenses, su maravillosa Rosencrantz and Guildenstern Are Dead, hasta la última, Rock’n’Roll, siempre he admirado en él su desprecio por la facilidad y por las modas, y la insolencia con que ha escrito siempre las historias que a él le importaban, algunas tan delirantes como las de los filósofos acróbatas de Jumpers o el anciano arterioesclerótico de Travesties que, entre las legañas de su memoria, trata de recordar si en aquella Zúrich donde fue empleado del consulado británico llegó alguna vez a codearse con los tres ilustres exiliados que coincidieron con él en aquella ciudad: Joyce, Lenin y Tristan Tzara. Su gran mérito es haber conseguido que ese teatro de asuntos complejos y difíciles que ha sido siempre el suyo —¡un teatro de ideas en estos tiempos de frenética frivolidad!— llegara siempre a conquistar un vasto público, sobornándolo gracias a ese humor suyo, centroeuropeo a la vez que británico (una herencia de sus ascendientes checos), en el que hay ironía, sarcasmo, grandilocuencia, delirio y, siempre, una ternura compasiva para todas las extravagancias y excesos de los bípedos humanos. En The Hard Problem el humor está mucho menos presente que en otras piezas suyas y tal vez por eso la obra vence menos fácilmente las resistencias de un público acostumbrado a ir al teatro sólo a pasar un rato de esparcimiento y diversión, no a embrollarse el cerebro preguntándose si esto que vive aquí es la única vida, y él y los suyos son un mero producto de las casualidades astrales o los hijos de un diseño trascendente, del capricho o la sabiduría ininteligible de una divinidad arbitraria, lo que indicaría que hay otra vida, más elusiva y permanente, y mucho más difícil de imaginar que esta que se le va escapando cada día de las manos. Su gran mérito es haber conseguido que ese teatro de asuntos complejos llegue a un vasto público ¿Por qué uno sale de esta última obra de Stoppard incómodo y hasta angustiado? Los actores son magníficos, la puesta en escena impecable y lo que ocurre en el escenario inquietante. Tal vez por esto último. No estamos acostumbrados a que las obras de teatro —o las novelas— nos inflijan la responsabilidad de tener la última palabra, de decidir cuál es la conclusión de aquello que acabamos de leer o de ver representado, y, sobre todo, en el caso de The Hard Problem, enfrentarnos a la tremenda disyuntiva de decidir si los valores, la generosidad, la bondad, el amor, la amistad que hay en nosotros, o la maldad, el egoísmo, la mezquindad, lo rencoroso y perverso que también nos habita, resultan de una fatídica operación químico neurológica de nuestro cerebro, o si detrás de todo ello hay lo que los existencialistas llamaban una elección, un actuar deliberado, decidido por una conciencia no condicionada biológicamente, que es libre y, por lo mismo, nos hace responsables de aquello que hacemos o dejamos de hacer. La noche está fría en Londres después del teatro, pero no llueve, y es agradable caminar a orillas del Támesis, viendo las luces y la gente animada de las terrazas, y la multitud de jóvenes que salen de la cinemateca de un festival de películas escandinavas. ¿Somos, cuando actuamos de una manera noble y desinteresada, idénticos a los repelentes murciélagos a quienes el instinto de supervivencia de la especie incita a llevar sangre en la boca a sus congéneres inválidos? ¿O hay, en la Rose of Sharon, inventada por John Steinbeck, que da de mamar de sus pechos al anciano hambriento, algo más que un proceso químico biológico que haría de ella una autómata, un robot que mima la caridad? Es algo que no se puede averiguar, es algo que tenemos que decidirlo y actuar en consecuencia. Porque lo que está en juego, en el fondo de aquel duro problema, no es si Dios existe o no existe, sino si somos libres o no. Si los miles de millones de neuronas que por lo visto vibran en nuestro cerebro deciden nuestros afectos y defectos, nuestras virtudes y vicios, no lo somos; aparentamos una libertad que no tenemos, pues nuestra conducta está dirigida fatídicamente por aquellos microscópicos organismos que pululan por nuestro cuerpo. No nos conviene que así sea, aunque lo fuera. La libertad, aunque parezca que la mimamos, termina por emanciparse a sí misma de toda forma de conductismo, y, aunque dicho así resulte una cacofonía, practicándola nos hace libres. ¿La larga historia de la humanidad no es, acaso, una testaruda lucha por escapar a esos condicionamientos físicos, naturales, en que han quedado atrapados los animales y de los que los seres humanos hemos ido liberándonos luego de innumerables aventuras, caídas y levantadas? Como todas las buenas obras de teatro, The Hard Problem, de Tom Stoppard, empieza de verdad sólo después de que termina el espectáculo. Fuente: EL PAÍS, SL, 2015. – © Mario Vargas Llosa, 2015.]]>

1 Comentario

  1. N/R: Es común a la naturaleza humana relacionar palabras con hechos recientes. Resulta que la Piedad que ocasionalmente relacionamos fuera la vocera del foro El Foro Internacional por la Emancipación y la Igualdad organizado por el Ministerio de Cultura de la Nación Argentina. Que tuvo lugar el
    pasado del 14 al 18 de marzo en elegante y tradicional auditorio. Es que este foro será otra penumbra de las izquierdas latinoamericanas que de todo inventan y de todo se alimentan. En esta línea, los firmantes definieron una serie de prioridades para “guiar el ideario social y político de nuestros pueblos” mientras explotan a su acomodo este acto de poca concurrencia, vale por lo pronto entretenernos con este artículo

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