Algunos medios extranjeros ya presentan los logros del candidato de la extrema izquierda, Pedro Castillo, en las recientes elecciones presidenciales del Perú, como la enésima prueba del deslizamiento inexorable del continente iberoamericano hacia el socialismo. Si bien esta tendencia es lamentablemente real (recientemente escribimos un artículo al respecto para el público italiano [1]), y aunque hay mucho de qué preocuparse, la hazaña electoral de Castillo debe ser tomada con pinzas.

Resultado aún en suspenso

Los datos oficiales de la ONPE (Oficina Nacional de Procesos Electorales), actualizados al martes 15 de junio, con el 100% de las actas procesadas, dan a Pedro Castillo ganador con el 50,12% de los votos, frente al 49,87% de Keiko Fujimori. Esto corresponde a un escaso margen de apenas 44 mil votos.

Llama la atención el alto número de actas con votos impugnados en las circunscripciones en que la candidata Fujimori recibió más votos. Y de aquí parte la primera perplejidad. De hecho, aumentan los rumores de fraude masivo a favor del candidato marxista. Siete estudios de abogados en Lima, asistidos por cientos de voluntarios a nivel nacional, escudriñaron las actas. Como resultado, han encontrado numerosas irregularidades, impugnando así 802 mesas de votación ante los jurados electorales, implicando más de 200 mil votos. Y si no impugnaron más, fue por los plazos discutiblemente exiguos.

Un caso clamoroso es Cusco, baluarte de Castillo. Los abogados encontraron allí unos 45.000 votos sospechosos, muchos con firmas que no coinciden con el registro nacional de identidad.

La candidata más odiada obtuvo casi el 50% de los votos
El dato electoral más importante, sin embargo, es otro: Castillo apenas obtuvo el 50% al competir contra la candidata más odiada de la historia del Perú.

Es imposible contar aquí la saga de la familia Fujimori, que comenzó con su padre Alberto, presidente del Perú por dos periodos. La guerra propagandística en su contra tiene algo de surrealista. Pocos personajes han sido tan difamados, vilipendiados, perseguidos. Pese a evidentes luces e insoslayables sombras en su gobierno, la izquierda no le perdona el desmantelamiento de la revolución socialista de la dictadura militar de Velasco Alvarado, ni la reducción del terrorismo comunista a su mínima expresión.

Esta guerra no cejó hasta llevarlo a la cárcel, donde cumple una severa condena. A pesar de su edad y su salud deteriorada, todas las solicitudes de excarcelación han sido rechazadas: ¡el monstruo debe permanecer encerrado!

Después de destruir al padre, esta enorme máquina de guerra ha descargado la artillería contra su hija y heredera. En plena campaña electoral, un fiscal ha pedido treinta años de prisión para Keiko Fujimori quien, de hecho, ya pasó 16 meses de cárcel “preventiva” durante la investigación. Para la propaganda, ella es la hija del monstruo, la corrupción encarnada, el Mal absoluto. Hay que ser peruano, o vivir en el país, para darse cuenta de lo visceral y extendido que es este odio.

Pues bien, a pesar de este macizo rechazo insuflado por la propaganda, Keiko Fujimori logró obtener el 49,8% de los votos válidos, hasta el momento.

Esto dice mucho sobre la situación real de la opinión pública peruana. Significa que el rechazo al comunismo es tan fuerte que supera, en muchos casos, el odio contra Keiko. Incluso opositores históricos de Fujimori, como el premio Nobel Mario Vargas Llosa, se han pronunciado a favor de la candidata de Fuerza Popular.

¿Voto por Castillo o contra Fujimori?

Esto significa además que no todos los votos de Pedro Castillo son de izquierda; al contrario. Los analistas calculan que al menos el 30% es en realidad un voto anti-Fujimori.

En otras palabras: en el Perú no hay mayoría de izquierda, sino todo lo contrario. De hecho, en la primera vuelta, los candidatos de centro-derecha sumaron el 68% de los votos.

Sin embargo, el fenómeno más interesante que ha surgido es la fortísima reacción anticomunista, especialmente entre los jóvenes.

Tan pronto como se hizo evidente el peligro real de que Perú sufriese la misma suerte que Venezuela, un grito surgió de las profundidades de la opinión pública: ¡Comunismo jamás! En las ciudades se han multiplicado letreros anticomunistas, rosarios contra el comunismo en la plaza pública, camisetas con consignas anticomunistas, hasta estampas con textos del Magisterio Papal contra el comunismo y frases de Nuestra Señora de Fátima reprobando “los errores de Rusia”. En muchas ciudades, incluida la capital, se vienen realizando grandes concentraciones populares contra el comunismo, mientras que once jugadores de la selección nacional de fútbol hacían declaraciones anticomunistas.

Esta reacción fue especialmente fuerte en los jóvenes, revelando la existencia de un gran sector informado y militante, que no teme exponerse políticamente para evitar que el país caiga en el comunismo. Es interesante notar que esta generación no experimentó el infierno velasquista. Su rechazo del comunismo, por tanto, está cimentado en principios. Ofrecemos volver a este muy interesante fenómeno de la opinión pública, visible en casi todas partes de América Latina, y que actúa como contrapeso a la “marea roja”.

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Fuente: TradicionyAccion.org.pe

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