Con sus vacunas Sputnik V, Sinovac y Sinopharm, los regímenes de Moscú y Pekín se convirtieron en una supuesta tabla de salvación para países que no pueden acceder a las dosis que ofrecen laboratorios de mayor prestigio como Moderna, Pfizer y BioNTech

Parecía cuestión de tiempo para que China y Rusia vieran en las vacunas contra el COVID-19 una oportunidad para aumentar su poderío mundial. Ambas naciones comunistas estarían usando el vacío dejado por las vacunas occidentales para recuperar credibilidad, ampliar las relaciones con otros países y consolidarse como potencias.

Las vacunas Sputnik V, Sinovac y Sinopharm son sus principales herramientas. Con estas han logrado llegar a países de todo el globo, apresurándose para recibir la aprobación y luego distribuirlas. En agosto del año pasado, Vladimir Putin informaba que Rusia se había convertido en el primer país del mundo que aprobaba una vacuna contra el coronavirus. El escepticismo fue mundial en vista de que esta vacuna no había llegado a la fase 3.

Con estos argumentos, ambas naciones emergen como la «tabla de salvación» para muchos países pobres o que no figuran como prioridad en la distribución de las vacunes occidentales. La página web de Sputnik V afirma que más de 50 naciones han solicitado la vacunación para más de 1200 millones de personas con las dos dosis.

Además, tanto la vacuna rusa como la china se pueden almacenar en refrigeradores normales, a diferencia de los -70ºC que requiere la de Pfizer o los -20ºC de Moderna, algo “crucial para sistemas sanitarios menos capacitados”, indicó Marcela Vieira, del Centro de Sanidad Global del Graduate Institute de Ginebra a La Vanguardia.

El lado oscuro de la diplomacia

Por supuesto que no todo es color rosa. Las consecuencias políticas son relevantes. La investigación hecha por La Vanguardia incluye la advertencia. “Se ha acabado la era dorada en que las potencias occidentales eran los líderes indiscutibles de la sanidad global, pero también en que las democracias estaban en auge frente a unos regímenes autoritarios en retroceso y a la defensiva. Ahora es al revés”, dijo David Fidler, experto en Salud Global de la organización estadounidense Council on Foreign Relations.

A su juicio, Rusia y China aprovechan estas pugnas como el brexit en el Reino Unido o las disputas políticas en EE. UU. para avanzar estratégicamente. “Entiendo que tiene sentido desde el punto de vista sanitario. Pero la otra cara de la moneda es que cuando (Angela) Merkel dice ‘bienvenida Sputnik’ está dando credibilidad a la Rusia de Vladímir Putin, la que acaba de encarcelar a su principal disidente. O a la China que oprime a los uigures y aplasta la democracia en Hong Kong”, añade.

“Las vacunas se han convertido así en un arma más de la batalla geopolítica”, afirma por su parte el director de Análisis y Desarrollo del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), Rafael Vilasanjuan, citado por Infobae.

La OMS tampoco ha sido eficiente en la distribución de vacunas. La organización tiene una iniciativa llamada COVAX para garantizar un acceso equitativo mundial a las vacunas contra el COVID-19. Su director,  Tedros Adhanom Ghebreyesus, advirtió en enero de este año sobre un inminente “fracaso moral catastrófico”.

Países en la palma de la mano

El Instituto Gamaleya, creador de la Sputnik V, acordó dosis con los gobiernos cómplices de Bielorrusia, Irán, Venezuela, Argelia, Serbia y Hungría. Los chinos, con Indonesia, Filipinas, Emiratos Árabes Unidos. Ambos regímenes comunistas también negociaron con gobiernos no afines, como Brasil, México, Argentina, Colombia, Chile, Perú, Egipto o Túnez.

“Para China, forma parte de su estrategia de soft power. Hace años que ejercen este papel en África, donde han construido mucha infraestructura sanitaria, y también alguna en Oriente Medio o en el Caribe”, añade Marcela Vieira a La Vanguardia.

De hecho, el gobierno de Alberto Fernández en Argentina informó que el régimen chino bajó el precio de la vacuna Sinopharm para ese país. El mandatario se jactó diciendo que esta es una una vacuna particularmente más cara. «cuesta 30 dólares cada dosis mientras la Sputnik V cuesta nueve dólares con cincuenta cada dosis».

A pesar de que las vacunas chinas y la rusa no tienen el mismo nivel de eficacia que las otras alternativas, los gobiernos de ambos países se han encargado de garantizar su distribución. Una negociación efectiva para las otras naciones en el corto plazo, y provechosa para Putin y Xi Jinping en los años por venir.

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